Los Black Irish

Las aventuras y sinsabores de los náufragos de la Gran Armada (1588) que tuvieron que sobrevivir durante meses en la isla de Irlanda, entre los cuales el más insigne es el capitán Francisco de Cuéllar han dado lugar a una leyenda que el folclore irlandés ha mantenido viva hasta nuestros días: la de los Black Irish.
Según este mito, los irlandeses contemporáneos de cabello oscuro, piel predispuesta al bronceado y ojos pardos son el efecto de la causa que surgió entre los soldados de la Gran Armada y las nativas irlandesas. Dada la facilidad que han mostrado los españoles para dejar su huella biológica allá donde han desembarcado y vista la amistad que dice trabar Francisco de Cuéllar con algunas mujeres de la isla («había unas mozas muy hermosas, con las cuales yo tenía mucha amistad (…)»), no es disparatado pensar que algunos de los supervivientes españoles, entre tanta persecución luterana, hambre y muerte, tuvieran tiempo de entregarse a los encantos de sus cuidadoras para engendrar a los Black Irish.
Es bonito pensar que la unión entre las irlandesas y los soldados españoles ha tenido un impacto visible en la demografía del país; pero lo cierto es que el número de niños nacidos de estas relaciones tuvo que ser insignificante. La mayoría de españoles fue masacrada y solo unos pocos fueron socorridos por los aldeanos.
Sin embargo, esta realidad no implica que no haya un buen número de irlandeses con sangre ibérica y viceversa. Los marinos de España e Irlanda han trabado relación desde hace siglos, incluso mucho antes de la Empresa de Inglaterra de 1588. Los cántabros, los astures o los gallegos habían de viajar durante meses, enfrentando no pocos peligros, para llegar a las regiones meridionales de la península; sin embargo, apenas tardaban unos días en llegar a Irlanda navegando si el tiempo era favorable. Es lógico pensar, pues, que la actividad centenaria de esta ruta comercial propiciara relaciones entre marineros españoles y mujeres irlandesas, y que esta sea la causa de los rasgos ibéricos que presentan algunas personas en Irlanda, en cuyo caso los Black Irish serían anteriores a la creación de su propio mito.
En el anterior artículo mencionamos el homenaje que tiene lugar todos los años al comienzo del otoño en Grange (Sligo, Irlanda), pero cabe destacar también la fosa común que se encuentra en el cementerio de St. Cuthbert’s Church, al este del castillo de Dunluce (Irlanda del Norte). Cuenta la tradición que el apellido Morning, muy común en la zona, tiene su origen en un marino español al que los nativos encontraron una mañana de 1588 vagando desnudo por la zona. Los aldeanos, en referencia al primer hombre de la creación, lo llamaron Adam.
Los Black Irish y los lazos hispano-irlandeses
Tengo a este propósito una anécdota personal que contar. Ocurrió en el otoño de 2016, cuando me encontraba trabajando en Bowness-on-Windermere (Lakeland, Cumbria, Reino Unido). Es un pueblo muy pequeño, pero el lago Windermere y la belleza de los paisajes son poderosos reclamos turísticos, de modo que existe cierta actividad y flujo de gentes de toda procedencia durante la mayor parte del año. Casi todos los huéspedes del hotel eran gente acomodada y de cierta edad; eran, en fin, personas muy satisfechas de sus vidas, de modo que se mostraban agradables y educadas con los camareros, y era frecuente que se interesaran por nosotros mientras les servíamos la comida.
Cierto día, mi jefe me previno de que iba a acomodarse en el bar una pareja que estaba considerando la posibilidad de celebrar su boda en el hotel, así que yo debía mostrarme encantador e intentar darles conversación. No tuve, sin embargo, que hacer demasiados esfuerzos para arrancar la parla: cuando se acercó a pedir una copa para su futura mujer y una cerveza para él, el hombre mostró curiosidad por mi país de procedencia.
Tras sorber un trago de la pinta y escuchar mi respuesta, pareció complacido. Me dijo que era irlandés y me habló de Galicia, de sus castros centenarios y de las raíces celtas que la emparentan con Irlanda. Yo aún no había visitado ni el país de mi conversador ni Galicia, pero siempre he sentido una fuerte inclinación por la civilización celta, así que me alegró encontrarme con alguien que tuviera apegos similares a los míos. Le contesté que aunque Galicia es el principal foco celta de España, no es el único, y que incluso mi propia ciudad, Castro Urdiales, fue una colonia romana llamada Flavióbriga, la cual había sido un asentamiento celta antes de la llegada de los conquistadores. Incluso bromeé con la posibilidad de que los castreños actuales fuéramos el producto del amor (o las violaciones) entre los soldados romanos y las aldeanas celtas.
Mi respuesta divirtió al irlandés, que también bromeó con la posibilidad de que fuéramos parientes. Me acordé entonces del hispanista Ian Gibson («España es Irlanda con sol»), quien en cierta ocasión aseguró que los irlandeses se asemejan mucho más a los españoles que a los ingleses, afinidad que podría deberse a la genética de ambos pueblos.
En este punto de la conversación me habló de los Black Irish y me entusiasmó. Le expliqué que estaba escribiendo mi primer libro y que algunas historias del folclore irlandés, entre ellas la de los Black Irish, me habían resultado muy inspiradoras mientras configuraba a algunos personajes y pueblos. La curiosidad del irlandés se agitó y quiso saber más sobre mi libro. Sin embargo, nuestra charla se vio interrumpida por la interrupción de su novia, que llevaba ya varios minutos esperando su copa y a su futuro esposo, quien la había dejado de lado para conversar con un barman moreno que ladraba un inglés macarrónico. Antes de retirarse, quiso saber mi nombre para poder identificar mi libro en el futuro. Se lo dije, pero le advertí que me iba a resultar muy difícil publicarlo por ser un autor inédito, y verlo traducido al inglés sería poco menos que imposible. En cualquier caso, le confié que tenía intención de pasarme el resto de mi vida intentándolo.
Se despidió y me animó a visitar Irlanda. Aseguró que me encantaría, y en verdad lo hizo. Un país que con una población insignificante ha sido capaz de dar al mundo tantos buenos escritores, entre ellos cuatro Premios Nobel, y que además ha inventado la Guinness, merece el respeto e interés de cualquier hombre de bien.














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