Francisco de Cuéllar, el Ulises español

Ocurrió durante la guerra anglo-española (1585-1604). Los piratas ingleses atacaban continuamente los asentamientos españoles en las Indias e Isabel I de Inglaterra, la Reina Virgen, estorbaba la causa española en Flandes. Felipe II decidió fletar la Grande y Felicísima Armada para destronar a la reina. El duque de Medina Sidonia partiría de Lisboa rumbo a Flandes, donde Alejandro Farnesio estaría esperando con sus tercios (unos treinta mil hombres) para proceder a la invasión de Inglaterra.

El plan era cojonudo, pero no cuajó. Una serie de catastróficas desdichas propició que la flota se viera obligada a rodear las islas británicas sin poder siquiera iniciar la misión. A la altura del norte de Irlanda, la crueldad del temporal otoñal hizo que naufragaran veinticuatro naves y que murieran más de mil hombres.

El capitán Francisco de Cuéllar

Es aquí donde emerge la figura del capitán Francisco de Cuéllar, un joven de unos 25 años condenado a la horca por desobediencia y que, sin embargo, hallará su redención tras un periplo de tribulaciones por la isla de Irlanda. Sus vivencias las redactó en una misiva dirigida a Felipe II en 1589, gracias a lo cual ha llegado a nuestros días el testimonio de sus andanzas: «Pasé harta desventura, desnudo, descalzo todo el invierno, pasado más de siete meses por montañas y bosques, entre salvajes, que lo son todos en aquellas partes de Irlanda donde nos perdimos».

Francisco de Cuéllar capitaneaba el San Pedro, de modo que era responsable de que el galeón hubiera roto la formación en el mar del Norte, razón por la que lo pasaron al San Juan de Sicilia, donde habría de ser ahorcado. Desde allí, anclados a una milla de la costa de Streedagh (Irlanda), los españoles contemplan con horror a las turbas de irlandeses y los soldados de la reina, quienes desnudan, maltratan y asesinan a los náufragos de la Gran Armada que logran llegar a tierra.

Incapaz de seguir navegando, la San Juan de Sicilia es hecha pedazos por el temporal y las rocas. Cientos de españoles mueren en las aguas y los que logran llegar a las playas son asesinados por los ingleses. El capitán Francisco de Cuéllar, herido de una pierna, logra llegar a tierra sobre un madero sin ser visto por los enemigos: «Me fue forzoso echarme sobre unos juncos en el campo con harto dolor (…), y luego se llegó a mí un caballero muy gentil mozo, en cueros, y venía tan espantado que no podía hablar ni aún decirme quién era».

En tales circunstancias encuentran dos irlandeses armados al capitán Francisco de Cuéllar y al mozo. Sin embargo, movidos a piedad, se limitan a cortar juncos y heno para cubrirlos y abrigarlos y siguen su camino hacia las playas para desvalijar cadáveres y arcas.

Nuestro hombre cae entonces en un sueño inquieto, pero cascos de caballos hacen retemblar la tierra y se despierta: «Volví a llamar a mi compañero por ver si dormía, y le hallé muerto, que me dio harta pesadumbre y lástima. (…) allí se quedó en el campo con más de otros seiscientos cuerpos que echó fuera la mar, y se los comían cuervos y lobos sin que hubiese quien diese sepultura a ninguno».

Con la pierna ardiendo de dolor y en soledad, Francisco de Cuéllar se interna en los bosques hasta encontrar un monasterio, donde espera que los monjes puedan darle alimento y curarle las heridas. El lugar, sin embargo, ha sido arrasado por los ingleses, la iglesia y los santos han sido reducidos a cenizas y una docena de españoles aún cuelgan ahorcados en las ruinas.

«Topé una mujer de más de ochenta años, bruta salvaje, que llevaba cinco o seis vacas a esconder en aquel bosque para que no se las tomasen los ingleses». La anciana se detiene en seco al advertir la presencia de Francisco de Cuéllar. «Tú, España», le dice. El capitán asiente, expectante. La anciana comienza a dolerse mucho y a llorar; le explica por señas que su casa está cerca, pero que no ha de dirigirse allí, pues hay muchos enemigos y han degollado a multitud de españoles.

Francisco de Cuéllar encuentra a dos compatriotas «desnudos en carnes como nacieron», los cuales le dicen que los ingleses han matado a más de un centenar de españoles. El hambre aprieta y el frío y el dolor inflaman la sensación de desamparo, así que caen en desesperación: determinan volver a los restos de las naos a por comida y bebida.

Francisco de Cuéllar
Los habitantes de Grange (Sligo, Irlanda) homenajean todos los años a los mil soldados de la Gran Armada que naufragaron y murieron en sus costas.

Varios cientos de cuerpos son traídos por las olas; el capitán Francisco de Cuéllar y sus compañeros reconocen a algunos amigos. No pueden por menos que detenerse para darles sepultura. Mientras se entregan a la tarea, aparecen varios irlandeses para hacerse con las ropas de Cuéllar; pero uno de ellos intercede en su favor, se lleva a los españoles aparte y les señala el camino a su villa. Se ponen en marcha, semidesnudos y descalzos, hasta que son descubiertos por un anciano irlandés, dos hombres jóvenes y armados y una moza «de edad de veinte años, hermosísima por todo extremo», quienes se dirigen a los restos de las naos para robar. «Rinde, poltrón español», dice uno de los hombres, y sin esperar respuesta asesta una cuchillada al capitán, quien logra repararla con un palo que consigo traía, aunque no consigue evitar que al fin le acierte en la pierna, dejándolo aún más malparado de lo que ya estaba. El irlandés y su hija consiguen salvar la vida de Francisco de Cuéllar, si bien lo desvalijan igualmente. «La dama salvaje» se queda con algunas reliquias porque dice ser católica, de lo que el capitán desconfía: «Éralo como Mahoma».

Pese a todo, le devuelven camisa y sayo, le ponen un emplasto en la herida y le dan leche, pan de avena y manteca, y le dicen que vaya al otro lado de unas montañas donde vive un señor «grande amigo del Rey de España», que ya ha acogido a más de ochenta españoles que a sus tierras han llegado, todos en cueros.

Llega a unas chozas donde encuentra a un irlandés cristiano que habla latín, con el que se entiende: lo lleva a su casa, lo cura y le da de comer. Francisco de Cuéllar le cuenta sus cuitas y el hombre le entrega un caballo y un mozo para que pase una milla de mal camino, durante el cual ha de esconderse entre peñascos para eludir a un contingente de ciento cincuenta ingleses.

Tras escapar de los truenos, da con los relámpagos: son descubiertos por sesenta irlandeses: «Me quisieron hacer pedazos, porque eran del todo luteranos». El mozo intercede asegurando que el capitán es un prisionero al que lleva a curar. «Con todo esto no bastó para dejarme en paz, porque llegaron dos de aquellos ladrones a mí y me dieron seis palos que me molieron las espaldas y los brazos, y me quitaron todo lo que encima de mi llevaba, hasta dejarme en carnes». Al verlo tan maltratado y desnudo, el mozo abandona a Francisco de Cuéllar con lágrimas en los ojos. Pero el capitán consigue llegar a un villorrio de chozas despobladas. Se mete en una de las viviendas y se dispone a taparse con unos juncos; entonces tres sombras se alzan en la estancia; el capitán cree estar viendo demonios y se encomienda a la virgen: «Oh Madre de Dios, sed conmigo y libradme de todo mal». Las sombras, no obstante, responden: «Sea con nosotros esa gran Señora».

Alborozado por encontrase con nuevos compatriotas, Francisco de Cuéllar los consuela diciéndoles que están a cosa de tres o cuatro leguas del villaje del señor O’Rourke, amigo de España: «Casi me acabaron de matar con abrazos». El capitán, a causa de los fuertes dolores que padece en su pierna, recibe la llegada de la mañana despierto, gracias a lo cual advierte a un irlandés con una alabarda en la mano en la puerta de la choza, que había venido a segar y trabajar con otros hombres cerca del villorrio. Los españoles permanecen silenciosos y ocultos bajo montones de paja hasta la llegada de la noche. Entonces se envuelven en heno, para combatir el frío, y se encaminan bajo la luz de la luna llena.

Logran progresar entre distintos casares de chozas «de mejor gente, todos salvajes, pero cristianos y caritativos», donde son alimentados y curados. Al fin logran llegar al villaje, pero el tal O’Rourke no se encuentra allí, pues «había ido a defender una tierra que los ingleses le venían a tomar, y aunque este es salvaje, es muy buen cristiano y enemigo de herejes, y siempre tiene guerra con ellos». Ante la ausencia del señor, más de setenta españoles merodean por el lugar desnudos y maltratados, esperando una suerte que no termina de llegar.

Los lugareños les informan de una gran nao española que se acerca para recoger a los marinos perdidos. Parten todos esperanzados hacia la costa, pero unos pocos, entre los que está Francisco de Cuéllar, no consiguen llegar a tiempo. Sin embargo, en el momento de partir, la nao se encalla y golpea con las rocas: mueren más de doscientos hombres. Los que consiguen nadar hasta la orilla, son pasados a cuchillo por los ingleses.

«Topé con un camino por donde iba un clérigo en hábito seglar, porque así andan los sacerdotes de aquel reino, porque los ingleses no los conozcan, y se dolió de mí y me habló en latín». El monje da a Cuéllar algo de comida y lo manda a un castillo donde «estaba un señor salvaje muy valiente soldado, gran enemigo de la reina de Inglaterra y de sus cosas, hombre que nunca la ha querido obedecer ni tributar».

De camino, un irlandés encuentra al capitán y lo lleva a su choza, donde pretende enseñarle el oficio de herrero para tenerlo como sirviente. En cueros, herido, hambriento y en tierra extranjera, al capitán no le queda otra que poner buena cara y entregarse a la tarea, no sin antes acordarse de la madre que lo parió. Permanece ocho días allí, hasta que el clérigo reaparece, reprende al irlandés y manda a Francisco de Cuéllar al antedicho castillo.

«La mujer de mi amo era muy hermosa por todo extremo, y me hacía mucho bien, y un día estábamos sentados al sol ella y otras sus amigas y parientas; me preguntaban de las cosas de España y de otras partes y al fin me vinieron a decir que les mirase las manos y les dijese su ventura; yo, dando gracias a Dios, pues ya no me faltaba más que ser gitano entre los salvajes, comencé a mirar la mano de cada una y a decirles cien mil disparates, con lo cual tomaban tan grande placer, que no había otro mejor español que yo, y de noche y de día me perseguían hombres y mujeres para que les dijese la buenaventura».

Cuenta el capitán que los irlandeses les querían bien, pues sabían que venían a guerrear contra los ingleses, y que de no ser por la hospitalidad que de ellos recibieron, no habría quedado un solo español vivo: «Tengámoslos buena voluntad por esto, aunque ellos fueron los primeros que nos robaron y desnudaron en carnes a los que vinimos a tierra».

La noticia de la presencia de cientos de españoles perdidos por Irlanda ya ha llegado al otro extremo de la isla, y el gobernador de la reina en Dublín ordena prender a varios señores irlandeses por proteger a los españoles. Ante esta situación, Manglana MaClancy, el señor del castillo donde se encuentra Francisco de Cuéllar, le confiesa al capitán que piensa huir a las montañas, pues Dublín ha mandado mil setecientos hombres contra su castillo.

El capitán se retira para conversar con los ocho españoles que también se encuentran allí para tomar una decisión. No tardan en coincidir en que «para no vernos en más, (…) mejor acabar de una vez honradamente». Así pues, el señor MacClancy y los demás irlandeses huyen a las montañas, mientras que los nueve españoles, hartos de andar huyendo por bosques, descalzos y con un frío que les hiela los huesos, alegremente se meten en el castillo con arcabuces y mosquetes, con intención de defender los muros hasta morir. Los ingleses ahorcan delante de sus ojos a algunos españoles para intimidarlos, pero Cuéllar y sus hombres, tenaces, duros y sin nada que perder, se mantienen firmes y resisten diecisiete días de sitio, hasta que los ingleses abandonan las tierras.

Francisco de Cuéllar
Ruinas del castillo de Rosclogher (lago Melvin, Irlanda), donde el capitán Cuéllar y otros ocho españoles resistieron ante 1700 ingleses.

No cesan, sin embargo, las complicaciones tras la victoria, pues el señor MacClancy, que ha ofrecido la mano de su hermana a Cuéllar por su heroicidad, no les da licencia para partir. Finalmente el capitán y otros cuatro españoles se ven obligados a escapar una mañana. Cuéllar vuelve a sentir terribles dolores en la pierna, de modo que sus compañeros lo dejan atrás. Unas mujeres se duelen de él y lo guardan durante mes y medio a fin de que la herida termine de curársele. Tras la convalecencia, se dirige al casar del señor O’Cahan, donde puede moverse con libertad entre las chozas.

«Allí había unas mozas muy hermosas, con las cuales yo tenía mucha amistad, y entraba en su casa algunos ratos a conversar». Durante uno de estos coloquios, dos ingleses se personan tras haber oído noticias del capitán Francisco de Cuéllar, a quien buscan desde hace tiempo para llevar a Dublín, donde hay muchos españoles prisioneros: «Yo les dije que era muy contento de hacer su gusto e ir con ellos». Se confían los ingleses con la aparente predisposición de Cuéllar, de suerte que antes de llevárselo «empezaron a retozar con las mozas.» Mientras las amigas de Cuéllar distraen a los ingleses, la madre de ellas le hace señas para que salga por la puerta con mucho sigilo, y se aleja como puede hasta perder de vista el castillo.

Durante su marcha, se encuentra con familias irlandesas ocultas en las montañas con su ganado, por temor a los ingleses. Cuéllar es bien acogido y permanece con ellos dos días, hasta que decide partir y da con un obispo a siete leguas de allí, quien lo consigue enviar a Escocia. El capitán asegura que de no ser por los señores y condes católicos escoceses, el rey lo habría entregado a la reina Isabel, porque «no se mueve un paso ni come un bocado que no sea por orden de la reina». Al fin se resuelve que un mercante de Flandes vaya a recoger al capitán y a otros cuatro españoles supervivientes, entregando cinco ducados por cada uno al rey de Escocia, quien les asegura el paso por todos los puertos: «Todo falso, porque tenían hecho el trato con los navíos de Holanda y Gelanda para que saliesen a la mar y nos aguardasen en la misma barra de Dunquerque y allí nos pasasen a cuchillo». Pese a la emboscada, Francisco de Cuéllar logra echarse a la mar y llegar a tierra «en camisa sin otro género de ropa». Un capitán escocés y doscientos setenta españoles pierden la vida.

El relato de Francisco de Cuéllar es un compendio de aventuras que nada tiene que envidiar a los poemas épicos de la antigüedad. Resultan inspiradoras la tenacidad y fortaleza de su espíritu, mientras los compañeros se quedan muertos en el camino a merced de las bestias. Conmueve la caridad de algunos aldeanos irlandeses, tan católicos y enemigos de los ingleses como los mismos españoles.

El capitán representa a todos aquellos soldados españoles orgullosos, valientes y estoicos que quedaron desamparados en tierra hostil, y aún hoy olvidados por un pueblo que con demasiada frecuencia se acomoda en el lecho de la ignorancia. Recordemos a Francisco de Cuéllar y a los cientos de españoles que tuvieron menos suerte y murieron en la isla de Irlanda tras el naufragio de la Gran Armada, mal llamada Invencible por los enemigos de España.