Los preparativos

Durante las horas que tuvieron hasta la puesta de sol, los cinco defensores de Fuenteblanca estuvieron recorriendo cada rincón de la ladera para que Filias Pattack pudiera, según sus propias palabras, crear un mapa mental que le ayudara a prevenir el asalto. Con frecuencia se detenía para estudiar una roca de forma extraña o para subirse a un árbol y otear las profundidades de la montaña. Pronto llegó a la inevitable conclusión de que era imposible defender la aldea desde otro lugar que no fuera el interior de la misma, de modo que se encomendó a la habilidad combativa de sus compañeros para mantener a los aldeanos a salvo de las bestias.

Fuenteblanca yacía sobre una pequeña planicie que contrastaba con la inclinación de la montaña. Estaba encuadrada por un grueso muro de piedra de tres pies y medio de altura, aún carente de puertas. Las entradas se encontraban en el centro de los muros mirando a cada uno de los puntos cardinales. Fuera de la aldea, algunos árboles habían sido talados para comunicarla con los caminos de la montaña, pero pronto comenzaba la espesura y era difícil distinguir nada más allá de las frondas de los árboles. Las casas, muchas de las cuales se encontraban a medio construir, se agrupaban de tal forma que dejaban dos caminos transversales que convergían en el centro de la aldea, donde se encontraba una plazoleta señoreada por una fuente de mármol blanco que daba nombre a la población.

Mientras caminaban por una de las dos calles pavimentadas de Fuenteblanca, los vecinos miraban a Filias con cierto temor o evitaban cruzarse con él, metiéndose por el primer callejón que encontraban.

Un niño de no más de cinco años se acercó a Filias.

—Hola, señor —dijo el pequeño. Lo miró de arriba abajo con cierta preocupación—. ¿Qué te ha pasado?

—¡Hola, pequeño amigo! —saludó Filias mientras se agachaba, apoyando las manos en las rodillas—. Lo dices por mi cojera, ¿verdad? Pues verás: tú pareces ser un joven fuerte, ágil y rápido como un león, pero los que llegamos a mi edad hemos perdido algunas facultades. Cierta noche discutí con un par de tipos sobre la autenticidad de la fe torosí, a la que ellos habían puesto en tela de juicio. El acaloramiento que nos provocó el debate (y los zumos de uva y cebada que nos habíamos bebido) nos hizo salir a la calle para dirimir la cuestión con métodos menos ortodoxos. No tardé en quedarme sin argumentos y en verme obligado a saltar una tapia para coger el camino más corto a casa. ¡Ay! Ya no tengo, como te he dicho, la agilidad felina que tenéis los jóvenes, así que me rompí la pierna y ya no volvió a quedarme como antes. Toma nota para los años venideros, amigo mío: ten cuidado con las disputas religiosas. Y ten cuidado también con los zumos de uva o te atragantarás con los posos. ¡Ja!

La teatralidad y las razones de Filias confundieron al niño. Enseguida apareció su madre, lo cogió en brazos y se metió con él en casa.

Filias echó una mirada de resignación a sus compañeros.

Qasio no pudo reprimir la risa. Mientras pasaba al lado de Filias dijo:

—Ese niño te ha preguntado qué te ha pasado por el color de tu piel, no por tu pierna coja. Estos críos nunca han visto ni oído sobre la existencia de personas negras. Seguramente la pobre criatura piensa que te han metido en una pira y que te has quedado tiznado como un madero seco.

Filias se quedó perplejo. Hizo ademán de replicar a Qasio, pero en lugar de eso prorrumpió en una carcajada que hizo que la gente lo mirara incluso con más recelo que hasta entonces.

—¡Ah, camaradas calenteses! —suspiró—. Cuánto hay que aprender de los niños: la madre desconoce mi naturaleza y por ello me teme y rechaza; pero el crío, que adolece de parecida ignorancia, muestra interés y preocupación.

Aunque poco o nada le importaba a Filias el rechazo de la aldea. Cuando reanudó la marcha, ajeno a la inexistente hospitalidad de la que era objeto, observaba las calles y trataba de memorizar las desembocaduras, fijaba su atención en rincones en los que podría esconderse un hombre adulto y estudiaba fachadas y casas que podían ser escaladas en caso de necesidad.

Cuando hubieron recorrido cada palmo de Fuenteblanca, giró sobre sus pies para mirar a sus anfitriones.

—¿No hay ninguna atalaya? —quiso saber—. ¿Un puesto de vigilancia? ¿Un nido de pájaro desde el que poder controlar la situación? Vamos a tener problemas: no contamos con la ventaja del terreno.

—No, no contamos con la ventaja del terreno —dijo Qasio—. Sé consciente de dónde estás, Filias Pattack. Esta aldea está a medio construir. La gente ha estado demasiado ocupada levantando lo que ves. Nadie pensó que fuera urgente erigir un puesto de vigilancia en estas montañas olvidadas por los dioses.

—Tranquilizaos —intervino Ástor—. Puede que podamos hacer algo al respecto. Mi casa es una de las que están pegadas al muro, junto a la entrada del lado oeste. Puedo apostarme en el tejado y controlar toda esa zona.

—Me gusta esa idea —aprobó Filias—. Podríamos colocarnos cada uno en un tejado junto a las otras entradas; el restante se quedaría en el corazón de la aldea para acudir donde más lo exija la batalla.

Ástor sintió que se le apretaba el estómago cuando escuchó la palabra batalla.

El gran Kaukas comenzó a hacerle gestos señalando a Filias.

—Kaukas tiene razón —explicó Ástor—. Ningún vecino nos dejará subir a su tejado. Y si lo hacemos sin pedirles permiso, oirán nuestras pisadas, nos descubrirán y el alboroto nos podría comprometer en el peor momento.

—¡Por la pluma de Fervo! —Filias carraspeó y escupió en el suelo—. Ni siquiera nos facilitan nuestra labor para salvarlos y que puedan seguir con sus insignificantes vidas. Y ¿qué hay de esa media docena de hombres que me prometiste? Temo que no seamos suficientes.

Ástor le dedicó una mirada áspera.

—Disculpas —dijo—. Supongo que cuando te dije eso, pues en ningún momento te lo prometí, no le di la debida importancia al hecho de que eres un forastero misterioso que ha irrumpido en sus vidas para alertarles sobre un peligro en el que no les interesa creer. Ellos, por el contrario, le han dado excesiva importancia.

Filias guardó silencio mientras se acariciaba la barba y pensaba.

—Estoy casi seguro de que el ataque vendrá por el oeste o por el sur —dijo al cabo—. Vienen desde Keos, así que esas son sus entradas naturales. Si no nos descubren vigilando, descarto la posibilidad de que intenten entrar por otra parte.

—Como ya he dicho —dijo Ástor—, desde el tejado de mi casa se vigila bien el lado oeste, pero también se puede ver la entrada sur. Qasio es el que menos pesa, así que él y yo nos apostaremos juntos en el tejado para dominar una entrada cada uno.

—Sí, puede que sea nuestra mejor opción —reconoció Filias—. Kaukas y yo nos esconderemos tras el muro, debajo de vosotros. Tú, bravo Teucres, esperarás en el centro de Fuenteblanca junto a la fuente, siempre en contacto visual con nosotros. Desde allí podrás dominar también la entrada sur y avisarnos si ves algo raro acercarse desde alguna otra parte.

Teucres asintió.

*****

La noche ya había envuelto la montaña cuando se sentaron junto a la fuente. Ástor repartió una cena frugal a base de frutos secos, pan con mantequilla y cerveza. Aún quedaban un par de horas para la medianoche, pero la presencia de Filias había alarmado tanto a los vecinos que los cinco vigilantes eran las únicas personas que aún quedaban por las calles.

Ástor experimentó sentimientos encontrados. Por un lado tenía miedo, sobre todo por su familia; pero volver a estar pertrechado a la luz de las antorchas, acompañado por sus amigos y capitaneados por aquel forastero isleño, era un estímulo poderoso para su mente. Hacía tiempo que no se sentía tan vivo.

—Cuando me enteré de la carnicería de Keos —comenzó a decir Qasio—, pensé que se trataba de alguna gran bestia del bosque. Dices que es un lobo, aunque diferente a los que conocemos. Incluso se diría, tras escucharte, que nos enfrentamos a una criatura inteligente.

—Es inteligente, sí —dijo Filias mientras se metía un par de nueces en la boca—. ¿Acaso podría ensañarse de semejante modo un ser sin inteligencia? Las bestias son demasiado primarias: matan para defenderse o para comer. Solo un ser inteligente es capaz de regodearse en la crueldad, en el sufrimiento ajeno, en la barbarie.

—¿Se trata entonces de un único ser? —quiso saber Ástor.

—Tal vez sí o tal vez no. Solo es uno al que yo persigo, pero es capaz de convertir acólitos con cierta facilidad. Quién sabe si nos enfrentaremos a uno, a dos o a una manada entera. Quiera el Versista que sea lo primero.

Filias advirtió que Kaukas no había entendido su último comentario.

—El Versista es el más importante de mis dioses —aclaró—. Vosotros sois fieles de la falsa religión ecuménica, ¿verdad?

—Sí —respondió Qasio—. Debes saber, Filias Pattack, que cada uno de nuestros ocho dioses es adorado por encima de los otros siete según la ciudad o país donde te encuentres. Aquí somos más devotos de Praetia, la Lancera, pero en Carpia lo son de Unténor. Si algún día brota en ti la inquietud de aprender sobre nuestra religión, te sorprenderán muchísimo las coincidencias que existen entre Unténor, el Sabio, y Fervo, tu Versista. Si ese día llega, deberás recordar que vuestra religión tiene casi un milenio de antigüedad, tiempo que coincide con la fecha en que los carpios, que ya adoraban entonces a los dioses ecuménicos, conquistaron la isla de Toros, donde tú naciste. Un hombre inteligente como tú debería sacar conclusiones categóricas sobre cuál de las dos religiones es falsa y cuál podría no serlo.

Filias asentía, sonriente, mientras miraba a Qasio.

—Lo que dices es cierto —reconoció—. Pero la confianza es muy promiscua y casi siempre termina por engendrar la presuntuosidad. Hace muchos años que brotó en mí la inquietud de aprender sobre vuestra religión, y en verdad que me decepcionó mucho descubrir que adoráis por igual a dioses con sobrenombres como el Alquimista, el Herrero o la Lancera que a aquel que es conocido como el Sabio. Unténor (o Fervo, como lo conocemos en Toros) es el más elevado de vuestros ocho dioses por su prudencia y sabiduría. Tengo para mí que los dioses del panteón ecuménico son demasiado humanos y vulgares, tanto en sus apetitos como en sus yerros. ¡Un dios debe serlo no solo por su poder, sino también por su mente! Por ello afirmo que los otros siete solo son deidades menores. Unténor es, pues, el auténtico dios, y su palabra y ejemplo son sabiduría y verdad.

—Vamos a tener que dejarlo en tablas —sentenció Ástor—. Filias, me has pedido que traiga grasa en abundancia —añadió mientras se incorporaba y le ofrecía un gran cubo de madera lleno de aceite—. Explícate.

Filias se levantó trabajosamente usando su lanza como bastón, tras lo cual desenvainó y arrojó todas sus armas al suelo. Qasio se agachó para recoger la espada por la herrumbrosa empuñadura. La hoja era tan larga como el brazo de un hombre y parecía en perfecto estado. Pero cuando la acercó hacia sí, advirtió que cerca de los filos había docenas de brillantes y minúsculos gránulos de forma irregular. La daga y la punta de la lanza también estaban granuladas.

—¿Por qué iba alguien a estropear sus armas de este modo? —inquirió Qasio mientras pasaba el dedo por la hoja—. Estas motas son de plata.

—Exacto —afirmó Filias—. Solo hay dos cosas capaces de acabar con el enemigo al que hoy nos vamos a enfrentar: la plata y el fuego.

Echó mano a su cinturón y extrajo un saquito del tamaño de un puño, lo abrió y mostró el contenido: plata en polvo, triturada en granos mucho más pequeños que los que estaban adheridos a sus armas.

—Tomad un poco cada uno —dijo mientras mostraba entre sus dedos aquella arena grisácea—. Mezcladla con un poco de grasa y aplicadla a las hojas de vuestras armas. Hacedlo también con las flechas. Necesitaríamos de los servicios del herrero Kaukas para acondicionar vuestras armas de forma permanente, como las mías; pero no tenemos tiempo y será suficiente con que las tengáis preparadas solo esta noche.

A Ástor le bastó una rápida mirada para comprobar que no era el único que comenzaba a sentir cierto recelo.

—No me malinterpretes, Filias —comenzó a decir—. Es posible que tengas barruntos para pensar que Fuenteblanca va a ser atacada esta noche. Tal vez por ocaseños: todos sabemos que hay algunos pueblos que usan lobos amaestrados en sus incursiones. Pero la amenaza de los licántropos es un cuento que comenzó y terminó en la Titanomaquia, si es que alguna vez han caminado por el mundo las criaturas de nuestra literatura antigua.

—Ojalá tuvieras razón, joven amigo calentés —replicó Filias—. Pero mis convicciones se sustentan en algo más que barruntos: he visto a los licántropos con mis propios ojos y he luchado contra ellos.

Un silencio. Ástor, Qasio y Kaukas volvieron a intercambiar miradas.

—Tenéis dos opciones —continuó Filias al ver la indecisión de sus compañeros. Alzó la mano con dos dedos extendidos—. Primera: os inclináis por el descreimiento y os marcháis a dormir a casa con vuestras mujeres. No os lo aconsejo, pues esta aldea es tan pequeña y está tan indefensa y desamparada que no creo que mañana quede nadie con vida. Keos es una villa con docenas de guardias bien armados: allí no se atrevieron a entrar, pero nuestras circunstancias son bien distintas.Y segunda opción: cogéis esta plata en polvo, la mezcláis con la grasa, embadurnáis vuestras armas y me ayudáis a mandar esas bestias de vuelta al báratro. Puede que también muráis, no os voy a engañar; pero de este modo os ofrezco una oportunidad.

La fe de Ástor en Filias enflaqueció; comenzó a considerar la posibilidad de poner fin a aquella locura y marcharse a casa con su familia. Entonces alguien se levantó a su lado. Teucres, el noble rostro afilado por la luz de las llamas, comenzó a restregar grasa y plata en la punta de su lanza.

—Yo confiaré en ti, Filias —se limitó a decir.

A Ástor le reconfortaba la presencia de Teucres. Tenía el convencimiento de que a su lado nada podía salir mal. Ya de niño era de naturaleza curiosa e inquieta, y siempre había hecho gala de un talento innato en el manejo de la lanza. Ástor aún recordaba muy bien su actuación en los Juegos Ecuménicos. Entonces Teucres tenía solo catorce años y en la final tuvo que enfrentarse a un muchacho enorme, dos años mayor que él. Luchó con habilidad y valor, pero la diferencia de fuerza se impuso y su cuerpo de niño no pudo soportar los ataques fieros de su rival, que terminó por derribarlo y desarmarlo en una embestida. Le escoció sobremanera quedarse a las puertas de ceñir la laureola. No le importó que nunca ningún participante tan joven hubiera llegado a la final ni se amedrentó durante las lides ante los millares de personas que rugían en el coliseo.

Pocos días después de los juegos, el capitán Etheas Timbras, a su vez gran maestre de la Orden de los Hijos de Praetia, se personó en casa de Teucres para pedirle a su madre que le permitiera tomar a su hijo menor como discípulo. La orden tenía su cuartel general principal en la propia Calente, en el Gran Alcázar Dorado, pero escogía a sus miembros de entre los hombres y mujeres más extraordinarios de todo el mundo. Guerreros y filósofos convergían en sus logias para entregarse al conocimiento y la autorrealización.

Poco más pudo saber Ástor por boca de Teucres. Desde el momento en que se convirtió en el aprendiz del maestre Etheas, su amigo redobló las horas que dedicaba al estudio, y sus nuevas tareas apenas le dejaban tiempo para esparcirse. Además, Ástor sabía que el secretismo era una condición indispensable de la orden para sus miembros, así que nunca quiso poner a Teucres en una situación desagradable haciéndole preguntas. Tan solo se limitó a escucharle cuando él decidía contarle algo sobre la orden. Así entendía que debían actuar dos amigos que se aman.

—Creo que solo un demente cometería la imprudencia de venir a este rincón del mundo para reírse de unos hombres que tienen muy poco que perder —dijo Qasio a la vez que imitaba a su hermano.

—Perded cuidado, calenteses —dijo Filias mientras ayudaba a Ástor y Kaukas a preparar sus armas—. Perded cuidado. Si mañana al alba estamos vivos, vuestro recelo se convertirá en gratitud hacia mi persona.

—Eso lo veremos mañana por la mañana —murmuró Qasio.

Pasaron un buen rato haciendo chanzas. Rieron, contaron anécdotas y ahuyentaron los miedos del corazón.

Filias era un trotamundos. Conocía historias y canciones que lograron asombrar a Ástor y los demás. Había vivido en multitud de países del Ecúmene, incluso había ido más allá y llegado hasta las islas Arenosas.

—Allí el éter siempre está luminoso —explicaba Filias ante la atenta mirada de sus compañeros—. El sol no duerme, sino que se mece entre los límites de la bóveda celeste como un huevo que se deja caer dentro de un bol. —Entonces dejó caer una nuez sobre la cuenca de su mano—. Los arenosos tienen la piel oscura; los hay incluso que la tienen negra como el carbón, con un brillo azulado y hermoso que destaca la blancura de sus ojos y dientes, semejantes a perlas. Sus tierras son desérticas en el interior y selváticas en las cercanías de la costa, por lo que casi todas sus ciudades son grandes puertos comerciales. La primavera y el otoño son las estaciones más peligrosas debido a las lluvias torrenciales, pero sus construcciones están acondicionadas para soportarlas. El verano es abrasador, pero siempre hay ríos que discurren desde las montañas para saciar la sed de las gentes, y también lagos y embalses donde bañarse en las horas más calientes. Y por último está el invierno… ¡Ay! En invierno se alcanza un equilibrio climático que hace de las Arenosas el rincón más agradable del mundo.

Al principio, Ástor escuchaba con interés las anécdotas de Filias, pero su mente no tardó en disiparse. Se preguntó qué sería la sustancia que le había visto inhalar esa tarde entre los árboles. ¿Sería una medicina? Quizás fuera un estimulante; Filias no era un hombre joven, lo que junto a su cojera suponía un gran inconveniente para pasar una noche en vela con posibilidad de combatir. Pero ¿había algo más detrás de aquellos polvos?

De repente Filias pegó un respingo y enmudeció, como si acabara de acordarse de un asunto importante. Un sudor frío perló su cabeza afeitada. Los calenteses advirtieron de inmediato su cambio de humor y le preguntaron qué ocurría.

—Tenemos que ocupar nuestros puestos —dijo secamente, el rostro poblado de arrugas—. ¡Ahora!

—¿Qué ha pasado para provocarte este cambio tan repentino? —quiso saber Qasio.

Filias repartía las armas y las antorchas con visible ajetreo, ignorando la pregunta. Mas al cabo respondió:

—He oído un aullido. ¡Vamos! ¡En marcha!

Qasio echó una mirada de desconcierto a su hermano. Todos estaban igual de confundidos.

—Ninguno hemos oído nada —dijo Qasio con brusquedad.

—Porque sois incapaces de captar las sutilezas —dijo lanzándole una mirada terrible—. Solo tenéis oídos para canciones y naderías. ¡Abrid los sentidos!

Se apartó de Qasio a trompicones; de repente parecía muy cansado. Entonces se dirigió a los cuatro en tono sosegado pero imperioso.

—Aquí estáis, ¿no? —dijo mientras señalaba con la lanza las armas argentadas—. El tiempo de dudar ya pasó, habéis depositado vuestra confianza en mí. Dejad, pues, vuestros pensamientos preconcebidos a un lado durante unas horas: entonces empezaréis a creer ya no en mis palabras, sino a vuestros propios ojos. Disponeos según hemos acordado y sed tan sigilosos como podáis.

Mientras Teucres, Qasio y Kaukas tomaban posiciones, Ástor aprovechó la ocasión para ir a ver a su esposa por última vez antes de la guardia.

Era muy tarde, pero estaba despierta, sentada en la mecedora enfrente de la entrada; parecía estar esperando su llegada. Sobre la mesa había dos platos de estofado fríos y sin tocar. Advirtió la tristeza y la preocupación en el rostro de Lena.

Se arrodilló a su lado y le puso la mano en el vientre, bajo el que crecía el segundo de sus hijos.

—Tienes que comer algo, por ti y por el niño —dijo Ástor—. Trata de comer al menos la mitad y enciérrate en la habitación.

Lena lo miró con los ojos enrojecidos bajo las largas pestañas.

—Tengo los nervios alterados —dijo—. Se me cierra el estómago.

Tenía la voz ronca y débil. Había estado llorando recientemente. Ástor quiso cambiar de tema para tranquilizarla.

—¿Dónde está Tario?

—En la habitación. Duerme desde hace rato.

Al momento se dio cuenta de lo estúpida que había sido su pregunta.

—No dejes bajo ningún concepto que salga de ahí, ni siquiera para orinar. Cuando me vaya, enciérrate con él y no salgáis hasta que yo vuelva. O hasta que salga el sol por la mañana.

Con ese comentario solo consiguió asustarla más.

—¿Qué es lo que va a pasar? —preguntó Lena.

Ástor se maldijo por su torpeza.

—Puede que unos bandidos intenten atacar la aldea durante la noche. —La mentira le salió casi sin pensar—. Pero no debes preocuparte: estamos preparados para recibirlos. Todo acabará antes de que te des cuenta. Te lo prometo.

Se sorprendió de lo huecas que sonaron sus palabras. Comprendió que como ni él mismo sabía lo que iba a pasar ni contra quién o qué se iban a enfrentar, no podía transmitir seguridad alguna.

—Estás nervioso —dijo ella—. Hacía mucho tiempo que no te veía así. —Se puso de pie y añadió—: Dime qué es lo que os ha dicho ese forastero.

La situación era insoportable. Por un lado detestaba mentir a Lena, pero por otro no podía contarle la verdad: resultaría ridícula y no le creería, y si conseguía que lo creyera la aterrorizaría. No podía someterla a tales emociones en su estado. Se acercó y le besó las mejillas, saladas por las lágrimas vertidas.

—No debo decirte más, Lena. —«¡Dioses, qué mal se me da mentir!»—. Mañana por la mañana esto solo será un estúpido recuerdo de una noche que nunca debió ocurrir. Entonces te lo contaré todo, te lo prometo.

—Deja ya de decir te lo prometo —espetó ella desasiéndose de él.

Pensó algo que decir, pero no se le ocurrió nada. «Cualquier cosa que diga solo empeorará las cosas».

Comenzó a alejarse hacia la puerta, pero Lena estiró el brazo y le agarró por la muñeca. Tenía el rostro congestionado.

—Llevo horas encerrada aquí sola, intentando que nuestro hijo no se dé cuenta de mi angustia y sin saber qué es lo que está ocurriendo ahí fuera. ¿Es que no vas a decirme qué es eso que os tiene tan asustados?

En ese momento, sin que Ástor tuviera tiempo de responder palabra, un aullido horrible y cavernoso reverberó por toda la montaña. Lena clavó sus uñas en el brazo de Ástor, que sintió cómo se le erizaba el vello de todo el cuerpo.

El pánico asomó al rostro de su esposa y se extendió hacia él sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

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