El forastero negro

Los guijarros se clavaban en los pies de Ástor mientras descendía por la ladera de la montaña. El baño matutino le despejaba la cabeza, lo que le animaba a mantener sus manías higiénicas, pero su cuerpo seguía añorando el clima suave en el que había crecido.

Se desnudó y dejó las ropas sobre una roca de la orilla. Le costaba horrores zambullirse. Mientras se decidía, no pudo evitar acordarse de sus baños en el río Cristal, tibio y hermoso, cuando aún vivía en su Calente natal. Allí nunca lo había frenado la temperatura del agua; de niño siempre correteaba con sus amigos, los cuerpos morenos y desnudos, hasta que la profundidad del río los hacía trastabillar y caer entre chapoteos. Aquel pensamiento lo entristeció.

Se inclinó para mojarse la nuca. En los retazos de superficie en que las aguas permanecían calmadas, veía un hombre de rostro pálido cuyos cabellos, antes rubios y luminosos, habían ido perdiendo la capacidad de arrancarle destellos al sol.

A menudo se preguntaba si los hechos más importantes de su vida ya habían pasado. Tenía veintitrés años, había luchado en una guerra y tenía un hijo de cuatro años y otro en camino. Solía decirse que, pese a la escasez en la que vivía, era feliz; pero unos indescifrables anhelos revoloteaban en su pecho.

En estos pensamientos estaba inmerso cuando un ruido entre la maleza lo sobresaltó. Deslizó la mano por debajo del montón de ropa y agarró una cuchilla que había traído para afeitarse.

—Puedes soltar esa navajuela. —La voz era enérgica y estentórea—. No he venido hasta aquí para robarte los harapos.

Una figura apareció entre la floresta del otro lado del río. Le sorprendió descubrir que era un hombre negro. Hacía años que no veía a ninguno, desde que vivía en Calente y los marinos de las Arenosas o del mar Carpio llegaban al puerto de Lanzamar con sus mercancías. Pero este no tenía pinta ni de marino ni de comerciante, a juzgar por la lanza de diez palmos que sostenía. Era alto y enjuto, de espalda y muñecas anchas; vestía un gabán negro y raído que le llegaba hasta las rodillas y, pese al frío mañanero, llevaba quitada la capucha, mostrando una cabeza calva y de redondez perfecta.

—Esperaré aquí hasta que termines —añadió el forastero—. Solo quiero hablar contigo. No era mi intención interrumpir tu baño matinal, joven.

—Pues ya lo has hecho, anciano —replicó Ástor mientras se secaba, sin apartar la mirada del intruso—. ¿Quién eres?

—¿Anciano? —Aquello le hizo soltar una carcajada escandalosa—. Ni siquiera te doblo en edad. Aunque tal vez tengas razón: no ignoro que mi deterioro se ha agravado de un tiempo a esta parte. Mi nombre es Filias Pattack y nací en la isla de Toros, pero no creo que se me pueda considerar de ninguna parte. He estado en tantos sitios y desempeñado tantos oficios, que cualquier intento de explicarte con brevedad quién soy te alejaría paradójicamente del conocimiento al que pretendo acercarte.

Filias pareció satisfecho con su propia explicación. Se sentó sobre una roca y posó la lanza sobre sus piernas.

—¿Qué me dices de ti, joven? —inquirió— ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Ástor Celásida. Vivo en Fuenteblanca, la aldea que se encuentra subiendo por ese sendero. Soy agricultor y ocasionalmente cazador.

Filias asintió, el gesto grave.

—¿Cómo se hizo Ástor el agricultor y ocasionalmente cazador esas cicatrices en pecho y abdomen? Diría que son huellas del acero. ¿Ha sido la aldea de Fuenteblanca objeto de deseo de algún orgulloso potentado?

—No —respondió Ástor. No le gustaba el tono de aquel hombre—. Fui centurión de la Legión de Calente durante la guerra.

—¡Y tan joven! —exclamó Filias, sonriente. Pero su semblante se ensombreció enseguida—. Ya entiendo. Lamenté mucho lo que le ocurrió a tu pueblo. Conocí Calente en mi juventud: los ocho templos erigidos a los dioses ecuménicos, el río Cristal y sus riberas de blanca arena, el alcázar de la Orden de los Hijos de Praetia… Dime: ¿has dicho que tu patronímico es Celásida? Pasé allí el tiempo suficiente para conocer a varias personas, pero no tuve el privilegio de conocer a nadie con ese nombre.

—Mi padre fue el senador Celas —dijo mientras terminaba de vestirse—. Aunque supongo que en tu juventud, que también fue la suya, no era más que un oficial de la legión.

—Debió ser un hombre extraordinario para lograr tal ascenso —dijo Filias, zalamero—. Seguro que era un hombre de grandes talentos.

—Muchos hombres con talento murieron durante la guerra. —No le apetecía hablar de su padre con aquel extraño.

Se fijó en el cinturón de Filias; sobre todo en la espada de empuñadura rudimentaria que pendía de él, junto a una daga. También advirtió un arco y un carcaj colgados en la espalda.

—Ya veo que no vas descalzo —dijo señalándole la cintura con el mentón—. Seguro que no eres un poeta.

El último comentario hizo gracia a Filias. Al parecer, casi todo le hacía gracia.

—¡Oh, Ástor!, no sabes cuánto te equivocas. Soy un polímata del libertinaje, un rufián degradante al que no reconocería ni la madre que lo parió. Fui un hijo bastardo, un soldado desertor, un pirata amotinado… Fue inevitable que también terminara siendo poeta. ¡Cuánta belleza hay en la poesía, tanta como suciedad en los poetas! No olvides esta gran verdad ignorada por muchos.

—Prometo no hacerlo.

—Pero ya no ejerzo tales menesteres —siguió Filias mientras se acariciaba la barba rasurada y poblada de canas—. Ahora me dedico a la cetrería. Como tú. Y mi dios ha dispuesto que será la última de mis ocupaciones.

—¿Qué es lo que cazas?

—Lobos.

—¿Lobos?

—Sí, lobos.

«Se está quedando conmigo».

—No hay ninguno por aquí —respondió Ástor al cabo—, pero puedo ofrecerte un plato de comida caliente y una jarra de cerveza. Después podrás continuar con tu viaje.

Filias abrió mucho los ojos, dos huevos en medio del oscuro rostro. Entonces volvió a proferir su risa leñosa.

—¡Cómo sois los patricios! —dijo sin dejar de sonreír—. Nunca me habían mandado a tomar por culo de una forma tan educada.

Filias se incorporó y caminó hacia la orilla. Ástor se dio cuenta de que se ayudaba con la lanza debido a una leve cojera en la pierna izquierda. El forastero vadeó el río posando ágilmente las puntas de los pies sobre los cantos, hasta detenerse a solo unos pasos de Ástor. Un miedo incipiente le sacudió el pecho. Filias era un hombre imponente, con una mirada que parecía capaz de horadar el corazón de las personas. Se vio tentado de sacar el cuchillo que ocultaba bajo el cinto, pero decidió contenerse.

—¿Y si te dijera que esta noche los lobos van a atacar tu aldea?

—Te acabo de decir que aquí no hay lobos.

—Tienes razón, no los hay. Pero los habrá muy pronto. ¿Sabes lo que ocurrió en las afueras de la villa de Keos hace menos de dos semanas?

No hacía ni dos días que un arriero había llegado a Fuenteblanca con la noticia. Al parecer, una decena de guardias había sido asesinada a media legua de Keos. La mayoría de los cuerpos presentaba terribles mutilaciones, pero algunos ni siquiera llegaron a aparecer. El vulgo estaba esparciendo distintas versiones de los hechos, a cuál más perturbadora.

Ástor asintió.

—Entonces sabrás que algo anda suelto y acechando por ahí —continuó Filias—. Tú no pareces uno de esos aldeanos ignorantes con los que vives: eres noble, has luchado en una guerra y catado el sabor amargo de la derrota; tienes cierto conocimiento sobre la cantidad de mierda que hay dispersa por el mundo.

—Dime qué quieres.

Filias dio unos pasos más, hasta situarse a solo un palmo de Ástor, que tuvo que levantar la cabeza para no perder el contacto visual. Un olor a hojas podridas penetró con violencia en su nariz. Tuvo que hacer un esfuerzo para no poner una mueca.

—Una noche —dijo Filias—. Solo te pido unas pocas horas de tu vida. Ayúdame a defender tu aldea velando conmigo y mañana por la mañana solo seré un negro recuerdo que podrás comenzar a olvidar. En realidad solo te estoy pidiendo que me ayudes a ayudaros; lo justo sería que accedieses. ¿Qué me dices?

—¿Por qué esta noche? Pareciera que esas bestias de las que hablas fueran a atacar la aldea premeditadamente. ¿Qué clase de lobos harían algo así?

Filias se encogió de hombros mientras sonreía.

—Unos lobos muy listos, sin duda.

¿Acaso ese forastero era un lunático que se estaba riendo de él?

—Solo un hombre privado de inteligencia podría creer en lobos estrategas.

Según terminó de decirlo se arrepintió. No era prudente dar semejante respuesta a un hombre que llevaba un arma distinta en cada rincón de sus ropajes. Sin embargo, la sonrisa de Filias se hizo más cálida.

—No deberías poner en cuestión mi inteligencia —dijo—. Si lo hicieras, estarías poniendo en cuestión la tuya propia.

Ástor sopesó la situación. Si aquel hombre quisiera matarlo, lo habría cosido a flechazos mientras estaba desnudo en el río. La idea de que pretendiera robarle a él o a alguno de los suyos era ridícula: no había nada de valor entre las posesiones de las pocas decenas de habitantes de la aldea. Por otro lado, si en verdad existía la posibilidad de que algo horrible ocurriera, no perdía nada por vigilar durante una sola noche. Además, si de casualidad le pasaba algo malo a su familia por su inacción, jamás podría perdonárselo.

—Está bien, Filias Pattack —asintió—. Te ayudaré a ayudarnos. No hay muchas personas en la aldea y la mayoría son críos, ancianos o mujeres; pero mi cuñado es un hombre muy grande y fuerte y nos echará una mano. Creo que podré convencer a media docena de hombres más para que se unan a nosotros. Y eso es todo. Mañana por la mañana, cuando todo esto haya acabado, tendrás que irte de aquí, tal como has prometido.

Filias crispó su rostro en una horrible sonrisa y le tendió la mano.

—Muchas gracias, Ástor Celásida —dijo mientras se estrechaban las muñecas—. Me das mucho más de lo que pido. Aunque aún queda un asunto pendiente.

—Habla.

—¿Qué hay de ese plato de comida caliente y de esa jarra de cerveza que me has ofrecido hace un momento?

*****

Mientras Filias comía las sobras de un estofado sobre un tocón, Ástor trataba de explicarle la nueva situación a su esposa en el umbral de su casa. Pero ella no tardó en poner fin a la conversación con un portazo que hizo temblar las paredes.

Ástor volvió junto a Filias y se dejó caer a su lado.

—¿Problemas con la parienta?

Ástor puso una mueca.

—Aquí hay muchos calenteses que lo perdieron todo en la guerra —dijo—. Cualquier elemento externo que amenace la paz en la que viven es mirado con recelo. Han sufrido mucho. Mi mujer también.

—Lo entiendo, aunque yo no amenazo la paz en la que vivís, sino al contrario: trato de conservarla. ¿Sabes, Ástor?: los síntomas de un mal pueden ser dolorosos, pero nos ayudan a reaccionar contra él. Aquellos bubones que crecían en los cuellos de los calenteses durante la guerra tuvieron que ser terribles, pero sin ellos no habría habido cuarentenas para combatir la peste y a lo mejor tú no estarías aquí escuchándome.

—¿Sabes lo que hacían los médicos con los bubones?

—Los extirpaban o sangraban, lo cual no solucionaba nada, sino que aceleraba la muerte del enfermo.

—Cierto —reconoció Ástor. Miró a Filias y añadió—: Es cuanto menos llamativo que te hayas comparado con un bubón pestilente.

El torosí se encogió de hombros mientras se llevaba una cucharada a la boca.

—Tú eres un patricio —dijo—, pero yo solo soy un vagabundo que no hace ascos a nada, ni siquiera a las metáforas indecorosas.

Ástor se ensimismó durante un momento.

—Espero que esta vez sea distinto —dijo—. Cuando esos bubones comenzaban a abultar bajo la piel, ya no había nada que pudiera hacerse por el infectado. Casi nadie sobrevivía. Pero da igual. —Aún le dolía recordar lo ocurrido—. No te tomes muy a pecho la actitud de mi pueblo.

—¡No me la tomo! —dijo Filias mientras devoraba un pedazo de queso—. No me la tomo. He tenido mucha suerte al toparme con la persona más tolerante de Fuenteblanca, ¿no crees? Mi dios me sonríe.

—Quien te sonríe soy yo. Olvídate de los dioses. Los dioses no sonríen a nadie. Cuando nos abren en canal, tanto los pecadores como los devotos contenemos la misma porquería, gritamos igual de alto y morimos igual de rápido. Tal vez sea entonces cuando sonrían los dioses.

Filias cogió la jarra de cerveza, dio un trago copioso y, con las barbas aún goteando, se inclinó lentamente sobre Ástor. Lo traspasó con la mirada tal como había hecho antes en el río.

—¿Y no has pensado que tal vez los dioses hayan dispuesto la guerra de Calente para que tú puedas adquirir sabiduría, endurecerte, desligarte de tus prejuicios, trabar relación conmigo y de este modo acometer juntos una empresa mucho más importante que todo lo anterior? Fervo, el Versista, determina los acontecimientos del mundo para que la Constructora, Liz, y el Destructor ejecuten la historia. Esos son mis dioses.

—¿El Destructor no tiene nombre?

—¡Lo tiene! Pero no se nos revela en vida, pues su tarea es la más penosa de todas y la ignominia caería sobre él. Lo conocemos como el Destructor o el Encapuchado: siempre va oculto. No todos lo adoran, pues pocos pueden entender que el mal no es la oposición al bien, sino su ministro más fiel y necesario. Fue el Encapuchado quien ejecutó a través de los ocaseños la destrucción de Calente, amigo Ástor. Esto propició que las cuatro restantes polis de la Fira se unieran tras siglos de asperezas para derrotar al enemigo común. Así se construye la historia.

—Pues podía haberse construido de otra manera —espetó Ástor, que se levantó indignado—. Miles de inocentes murieron para que tus dioses construyeran historia; también mis amigos y mi familia murieron para que tus dioses construyeran historia. Tu dogmatismo me da ganas de vomitar.

—¡Ese último comentario ha sido muy poco patricio! —Entonces el tono chancero de Filias desapareció. De repente parecía condolido—. Lamento de veras lo que le ocurrió a tu pueblo, pero te equivocas al pensar que las cosas podían haber sucedido de otra manera. Los hechos solo pueden pasar de la forma en que han pasado. No hay contingencia. Piénsalo.

—Supongo que esos dioses tuyos también tienen la piel negra, ¿verdad?

Filias se lo quedó mirando por un instante, sin entender. Entonces carcajeó con tanta fuerza que hizo girarse a los fonteblanqueños más cercanos al lugar.

—Eres muy listo, Ástor —dijo mientras lo señalaba meneando su largo dedo—. Me gustas.

La aparición de Kaukas, el cuñado de Ástor, interrumpió la conversación. Era incluso más alto que Filias y de rasgos cuadrados y brutales. Sus antebrazos estaban poblados de un vello negro y crespo, y sus manazas agarraban mientras caminaba un cinturón del que pendían dos machetes. Llevaba la cabeza afeitada, lo que hacía visible un montón de cicatrices grandes como gusanos. Sin embargo, Ástor sabía que bajo aquel aspecto primitivo se hallaba un hombre bondadoso en el que podía confiar.

—¡Por Fervo! —Filias se levantó del tocón para recibir y saludar a Kaukas. Miró a Ástor y dijo—: ¿Tu grácil y preciosa esposa y este morlaco con cuerpo de matador de hombres son de la misma sangre? ¡Qué veleidad, la de la naturaleza! —Mientras miraba al gran Kaukas de arriba abajo añadió—: Tú tampoco eres un poeta, ¿verdad? ¡Ja!

Kaukas, sin entender muy bien la verborrea de Filias, miró a Ástor en busca de complicidad.

—Es mudo, así que abstente de hacerle preguntas —dijo Ástor mientras apoyaba la mano en el hombro de su cuñado—. Kaukas es el herrero de la aldea.

No tardaron en unírseles dos hombres bien pertrechados. El primero era Teucres, el más íntimo amigo de Ástor desde siempre. También había luchado en la guerra y formado parte del éxodo calentés tras la caída de la ciudad. Durante los últimos años había estado desaparecido, aunque al parecer había conocido a una mujer en Vetia con la que se había casado. Había llegado a Fuenteblanca la noche anterior, así que Ástor y él aún tenían una conversación pendiente.

El otro hombre era Qasio, hermano de Teucres. Ástor lo conocía bien y lo compadecía. Ninguno había tenido mucha suerte en la guerra, pero Qasio había perdido a su mujer por la peste y vivía solo en Fuenteblanca, ahogando sus penas en alcohol. Tenía un hijo que se encontraba en la polis de Arinto, donde estaba recibiendo instrucción para convertirse en hoplita de la falange.

Ástor se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no veía a los dos hermanos juntos. Ambos eran de buena talla y se parecían casi tanto como si fueran gemelos, pero estas similitudes habían ido desapareciendo con el paso de los años. Qasio era unos diez años mayor que Teucres, pero el abandono y la dieta líquida a la que se entregaba desde la muerte de su esposa le habían desgastado la complexión, otrora robusta e imponente, de modo que parecía más bien el padre de su hermano, en cuyos cabellos rubios llameaba el fuego de la juventud.

—¿Teucres? —preguntó Filias cuando Ástor le hubo presentado a los hermanos—. ¿Eres Teucres Lanzarrota?

Pese a haber estado confinado en las montañas durante los últimos años, Ástor sabía muy bien por qué se conocía a su amigo con ese sobrenombre. Hacia el final de la guerra, cuando todos los pueblos de la llanura firana se habían unido bajo una misma bandera para terminar con la amenaza del noroeste, y tras cercar a los ocaseños en la ciudad de Las Lunas, el capitán calentés Etheas Timbras reunió a un puñado de hombres a los pies de la ciudadela y planeó un asalto sorpresivo. El propio capitán cayó muerto en los pasillos del castillo; los pocos supervivientes contaron que solo el impulso de Teucres hizo posible que aquella misión terminara con éxito. Armado con un broquel y con la lanza quebrada del capitán Etheas, Teucres logró abrirse paso hasta las estancias del rey Idoro y derrotarlo en combate singular. Semanas más tarde, el rey norteño sería juzgado y ahorcado en el ágora de Efitia ante miles de personas.

—He escuchado canciones sobre tus gestas, joven Teucres —dijo Filias con gran respeto—. Incluso contando con el ingrediente hiperbólico que adereza todas las canciones e historias, tus hazañas son dignas de ser admiradas.

Los ojos de Teucres se detuvieron en Filias durante un momento.

—Ten cuidado con los vates —dijo—. Con frecuencia usan ese ingrediente hiperbólico que mencionas no como aderezo, sino como sustancia principal.

—Tal vez —concedió Filias—. De todos modos tiene que ser gratificante contar con el amor del pueblo. Allá donde he oído hablar de ti, plebeyos y patricios ensalzan tu talento y tu bravura y te comparan con los héroes de antaño. Dicen que hombres como tú demuestran que la sangre de los dioses aún fluye con fuerza por las venas de los hombres.

—No deberías creer lo que dicen esas ovejas hipócritas —intervino Qasio—. Sus balidos cantan sobre la virtud, pero cuando tienen que hacer conforme a la virtud, se vuelven perezosas y desleales.

—No he creído demasiado, pero he creído lo suficiente —replicó Filias—. En cualquier caso, aquí te tengo, Teucres Lanzarrota, para que disipes algunas de mis dudas. Qué digo… ¡una sola duda! No quisiera importunarte en este nuestro primer encuentro y bastará una respuesta para satisfacer mi curiosidad.

Teucres permaneció en silencio mientras esperaba la pregunta.

—El rey Idoro se casó con una princesa vetia —comenzó a decir Filias—, Danala, creo que se llamaba. Se dice que la pobre mujer no llegó a adaptarse a las lluvias que azotan casi a diario las tierras del Ocaso y terminó por enfermar y morir, pero vivió lo suficiente para darle a su regio esposo una hija y heredera: la princesa Siena. ¿Es cierto que fue violada y apuñalada por los calenteses después de que tú mismo derrotaras a su padre?

Ástor conocía la respuesta. Sabía que Teucres no había tenido nada que ver en aquel asunto, pero tanto él como muchos otros calenteses sentían la deshonra como propia.

—Sí, lo fue —reconoció Teucres. Su mirada, sin perder su calma natutal, se hizo tanto o más imponente que la de Filias—. ¿Es eso lo que has escuchado en las canciones, Filias de Toros?

—Reconozco que no es en canciones donde he escuchado una historia con tan poco lustre. Pero no cometas el error de ver esta pregunta como una provocación, pues tengo para mí que los firanos son deudores de los criminales que acabaron con la vida de la princesa.

Ástor y Qasio no pudieron ocultar su indignación. Teucres permanecía impertérrito.

—El rey Idoro había comenzado una guerra fuera de orden y medida —se explicó Filias—. Merecía ser juzgado por aquellos cuyas ciudades sufrieron los estragos de su desatino. Su muerte fue justa. Pero ¿qué hacer con una jovencita inocente? Juzgarla implicaría absolverla, lo cual mantendría viva la semilla del rey que unió al Ocaso: algún noble habría terminado desposándola y convirtiéndose en rey. Las consecuencias habrían traído conflictos futuros a las polis de la Fira. La dinastía Mineia ya no existe y, en cambio, ahora mismo en el Ocaso hay multitud de señores enemistados que pujan por imponerse los unos sobre los otros. Los bárbaros ya no son una amenaza gracias a quienes dieron muerte a la inocente princesa. Me temo que fue necesario.

—La inmoralidad no puede ser nunca necesaria —replicó Qasio—. El asesinato de esa joven siempre será un punto negro en la historia de Calente.

—Un punto negro y el punto final, sí. Mas para las mentes cortas de miras, incapaces de entender que no es posible amputar un brazo gangrenado sin dolor ni sangre. Que prueben a no cortarlo, a ver qué pasa.

—Las acciones viles pueden proporcionar un beneficio temporal —razonó Teucres—, pero a la larga siempre se convierten en un lastre que arrastramos hasta que nos estrangula por la espalda.

Ástor consideró que el debate se había prolongado demasiado, así que intervino para ponerle fin. Propuso ir a su casa para que Filias pudiera informarles sobre la presunta amenaza.

Cuando comenzaron a encaminarse, Filias se disculpó y les pidió que se adelantaran mientras él orinaba entre los árboles.

De camino a la casa, Ástor advirtió que había olvidado recoger el plato, la cuchara y la jarra que había servido con el almuerzo a Filias. Mientras los recogía, vio la negra figura del forastero entre dos árboles, pero enseguida advirtió que no estaba meando. Tenía una pequeña faltriquera en la mano izquierda y en la derecha refulgía la hoja de su daga. Con mucho cuidado, introdujo la punta de la hoja y extrajo una pizca de un polvo extraño, lo atrajo hacia una de sus enormes fosas nasales e inhaló con fuerza hasta limpiar el metal.

Ástor, sin demorarse más, entró en casa para evitar que Filias lo sorprendiera espiando.

Comenzó a preguntarse si estaba cometiendo un error al confiar en aquel forastero, pero era tarde para echarse atrás. En cualquier caso, estaba decidido a no perderlo de vista ni un instante.

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