Sobre los Hijos del Fuego

Los Hijos del Fuego (número uno de los libros más vendidos en Amazon España en las categorías de fantasía histórica y fantasía oscura durante la semana de su lanzamiento) es la secuela de La Compañía Negra (Amazon, 2022). Sin embargo, solo es la primera parte de la segunda entrega. Apenas comencé a escribir la continuación, advertí que el libro se iría a más de 1.000 páginas, y dado que el límite de Amazon es 828 y que tamaño mamotreto podría ser pesado, disfuncional y causar un sentimiento de pereza en el lector, resolví publicar la segunda entrega en dos partes, de las cuales Los Hijos del Fuego es la primera. Vamos, que Los Hijos del Fuego (2.1) y La Señora de la Guerra (2.2, título provisional), aunque se publicarán separados, son ambas la continuación de La Compañía Negra (1) y recogen sucesos que ocurren en un mismo intervalo de tiempo, pero protagonizados por distintos personajes.

¿Qué cabe esperar de este nuevo libro? El mundo, más allá del centro del Ecúmene, en cuyos países transcurre La Compañía Negra, se expande allende los mares. Nuevos continentes y países isleños serán escenarios de intrigas, batallas, aventuras, amores y tragedias. La mitología grecorromana y la china, la historia del Imperio Aqueménida o las batallas de Alejandro Magno han sido algunas de las fuentes de inspiración para el desarrollo de Los Hijos del Fuego.

Al comienzo de la obra (pequeño spoiler de La Compañía Negra) ha transcurrido un año desde la batalla de los Aullidos. Los protagonistas de este libro, Agénor y Daio, presentan mayor madurez tras su estancia en Bahía del Faro bajo la tutela del maestro Fu Danto, que los ha endurecido y agudizado con duras jornadas de entrenamiento y el ejercicio de la dialéctica. Los dos jóvenes deberán enfrentarse al pasado, reacio a exonerarlos de su responsabilidad. Los acontecimientos los obligarán a afrontar destinos dispares y empezar de cero en tierras desconocidas, en las que encontrarán personajes siniestros e insospechados aliados con los que vivirán aventuras en escenarios tan espectaculares como peligrosos.

Algunas notas personales

Tal vez no sea casualidad que La Compañía Negra fuera gestada durante mi estancia en Inglaterra, porque me doy cuenta de que la primera parte de Los Hijos del Fuego lo fue durante el confinamiento y la segunda, durante el 2023. Todos ellos han sido periodos, por distintas causas, de zozobra emocional. Me pregunto si la agonía y la neurosis estimulan la potencia intelectiva.

Los momentos de felicidad alivian el alma y despiertan un furor hedonista. Pero los sinsabores y las dificultades son hojas delgadas y afiladas que se quedan atravesadas en el pecho, provocando la supura de un torrente de emociones que, pese al dolor resultante, son material imprescindible para la fabricación de la arcilla creativa.

Hay una predisposición en el estoico que le hace afrontar los obstáculos con orgullo deleitoso, beligerante, casi masoquista, y lo llena de determinación para soportar la cruz de mármol que las circunstancias le asignen. Por otro lado, existe cierto tipo de persona propensa al ardor y la rabia, cuya inclinación volcánica no se ve amortiguada ni tras el paso de la explosión hormonal de la primera juventud. Y a menudo este sujeto, que prefiere ser gobernado por el fuego del orgullo propio antes que por la tibieza ajena, se rebela contra la rueda de la fortuna y soporta su peso con la fuerza de sus hombros para evitar el aplastamiento, como un nuevo Atlas.

De ambos especímenes puede aprenderse mucho. Toda desdicha es una pócima de poder para aquel con estómago capaz desoportarla.

Pero los debates del alma que provocan la inspiración, el conocimiento o la creación literaria o artística no podrían ocurrir sin la virtud de la sensibilidad. Tengo para mí que la sensibilidad es una cualidad sin la cual toda inteligencia está tullida, porque su abrasión sobre el alma nos permite aprender de la experiencia de los demás y estremecernos con el prodigio de lo mundano. La sensibilidad, que es al escritor lo que el valor al guerrero, confiere una capacidad de comulgar con la realidad que nos permite ir destapando sus secretos con tesón, paciencia y curiosidad, como el arqueólogo que no deja de cepillar la osamenta polvorienta para, algún día, contemplar su forma y desentrañar su misterio.

La sensibilidad te eriza el vello de la piel cuando acaricias la corteza de un árbol vetusto, te acelera el pulso cuando caminas por las ruinas de un templo milenario y te humedece los ojos mientras escuchas una canción portadora de recuerdos; te hace creerte el emperador del mundo por una alegría trivial o el más despreciable de los gusanos tras una noche errática. Esa misma sensibilidad, en ocasiones inevitable motivo de sufrimiento, puede y debe ser convertida en una herramienta de poder. El ser humano no puede desarrollar una mente sabia y vigorosa sin ella, del mismo modo que un músculo no puede hipertrofiarse sin receptores que lo hagan sensible a los estímulos de las cargas.

Para quien ejerce las letras (y las artes), los lugares que visitamos, los maestros que nos enseñaron, los amigos con quienes reímos, las mujeres que nos amaron y las desdichas que superamos son golpes de cincel implacables, a menudo dolorosos; voluntades constructoras y constructivas que nos convierten en quienes somos.

La escritura permite desatar todo el potencial de la inteligencia creativa; el corazón se inflama con las sacudidas que provoca este arte, que lo llena y vacía con tanta violencia que pareciera que fuera a explotar como un globo hinchado de demasiado aire.

Pero no explota. Nunca lo hace. Y, tras tales vaivenes de placer y de dolor, llega el efecto del autoconocimiento, sin el cual toda sabiduría está coja, y sin el cual toda fortaleza es impostura.