La amistad, el amor y Aquiles y Patroclo

La Ilíada, escrita unos cuatrocientos años después de la Guerra de Troya, no es en modo alguno un documento histórico. Sin embargo, utilizaremos la fuente homérica, que es la única que tenemos sobre este evento y la relación entre Aquiles y Patroclo, para realizar algunas reflexiones sobre estos personajes y sus sentimientos.

En esta epopeya Aquiles y Patroclo y la relación entre ambos son muy diferentes de lo que se nos cuenta en la conocida película de Troya (Wolfgang Petersen, 2004). Aquiles es representado por Brad Pitt como un paradigma de hombre masculino y heterosexual. En cuanto a Patroclo, los guionistas determinaron convertirlo en un primo. Estas caracterizaciones eliminan el elemento más interesante y el que vertebra la personalidad de Aquiles: su bisexualidad y amor por Patroclo. Y hemos de juzgar con severidad esta reconversión sexual por ser falaz y contraria a la historia de la Ilíada.

La relación de Aquiles y Patroclo

Se ha hablado mucho a lo largo de la historia sobre la naturaleza de la relación entre Aquiles y Patroclo, pero podemos reducirlo a tres posibilidades. La primera, la que muestra la película, es una relación de parentesco: Patroclo, hijo de Menetio, pudo haber sido primo de Aquiles, hijo de Peleo. No obstante, este hecho carece de relevancia: dos primos pueden desconocerse, dos primos pueden ser amigos y dos primos pueden ser amantes. La segunda opción es que fueran amigos íntimos: cuando era pequeño, Patroclo mató a otro niño en un arrebato, lo que motivó a su padre a mandarlo a vivir con Peleo, el padre de Aquiles. De este modo, pudo desarrollarse un vínculo intenso y tempranero entre Aquiles y Patroclo, pese a la diferencia de edad existente: Patroclo era mayor que Aquiles (esta relación entre las edades de los héroes también ha sido falseada por el cine). Por último, cabe pensar que fueron amantes: son conocidas por todos las prácticas homosexuales en la Antigua Grecia, lo cual es ya un indicador; pero lo que a nosotros nos hace tener la certeza de que esta es la auténtica naturaleza de la relación entre Aquiles y Patroclo son un par de hechos de la obra homérica que merece la pena detallar.

La muerte de Patroclo

Cuando Aquiles se enteró de la muerte de Patroclo, tan terrible fue su reacción que tuvo que ser reducido por sus compañeros, temerosos de que cometiera suicidio. Es comprensible que un hombre visceral pueda incurrir en el suicidio tras enterarse de la muerte de un ser muy querido; pero lo que resulta revelador es que, después de serenarse, Aquiles dijera lo siguiente:

«¡Ah desgraciado, caro como ninguno de mis compañeros! […] No hubiera yo podido sentir un dolor más amargo, aunque supiese de la muerte de mi padre, […] ni aunque supiese el fin de Neoptólemo, mi hijo muy amado.»

Aquiles y Patroclo
Funeral de Patroclo (Jaques Louis David, 1778).

Se puede querer mucho a un amigo, más incluso que a un padre, pero es improbable que el sufrimiento de su pérdida sea más doloroso que la muerte de un hijo «muy amado». Y aún hay otro hecho inapelable: tiene que ver con un sueño que tiene Aquiles en el cual Patroclo, después de muerto, se le aparece y le pide que cuando Aquiles muera las cenizas de ambos sean guardadas en la misma urna, para que sus restos puedan reposar juntos para siempre.

Quien haya llegado hasta aquí creerá conocer la enigmática relación entre Aquiles y Patroclo, pero aún es demasiado pronto. Solo estamos en la superficie. A menudo, cuando se inicia el aprendizaje de una lengua extranjera, nos encontramos con sonidos nuevos con los que, pese a que son una combinación de sonidos conocidos, resulta difícil familiarizarse. Aquí ocurre algo parecido: sabemos qué es la amistad y qué es el amor, los hemos experimentado a lo largo de nuestras vidas; pero la relación de Aquiles y Patroclo es una hibridación de ambas, o algo más que ambas. Pareciera ser algo que las personas actuales, la inmensa mayoría, no conocemos porque no experimentamos en su plenitud, pues no tenemos acceso a la circunstancia.

Es preciso deshacerse de cualquier prejuicio. No nos resulta fácil situarnos en una perspectiva homosexual (o bisexual) a los que no lo somos, pero es necesario hacerlo para comprender esta relación.

Ya se ha dicho que Aquiles y Patroclo se criaron juntos en casa de Peleo. Ahora hay que ver y entender todo lo que ello implicó: aprendieron a leer juntos, aprendieron matemáticas y música juntos, aprendieron a montar a caballo y a lanzar con el arco juntos, y juntos también pasaron sus momentos de ocio, como los jóvenes de casi cualquier época. No encaminados por unas convenciones sociales ni limitados por una predisposición genética definitiva, sino gozando de un abanico de posibilidades abierto, Aquiles y Patroclo se pudieron deleitar con la belleza del prójimo mientras cimentaban su amistad; y siendo hermosos como ambos eran, hay que entender que al llegar la pubertad sintieran una legítima curiosidad el uno por el otro. Así pues, sobre los pilares del cariño, la confianza y la lealtad, comenzó lo que podríamos llamar los primeros brotes de amor. Más tarde, Aquiles y Patroclo fueron a la guerra, lucharon hombro con hombro, compartieron confidencias, vieron morir a sus amigos y juntos les lloraron y enterraron. Finalmente, uno sería matado en combate; y el otro, colérico por la pérdida, consumaría su venganza en combate singular, alcanzando la gloria antes de que sus cenizas reposaran junto a las de su amigo y amante.

Lo que hoy impide experimentar una relación como la de Aquiles y Patroclo (obviando los capítulos épicos) es que, bien por predisposición genética o por asimilación social, la mayoría de las personas somos irremediablemente heterosexuales. Las personas con las que nos hemos criado, esos pocos mejores amigos que todos tenemos, con los que estudiamos en la escuela, con los que jugamos al fútbol, con los que nos fuimos hace años por primera vez de copas, etc., no suelen ser las personas con las que estamos destinados a mantener una relación amorosa, por una evidente razón de incompatibilidad sexual. Aquiles y Patroclo no se encontraron con este obstáculo.

Nuestra era ha tenido durante mucho tiempo como canon el amor romántico, cuyo máximo exponente cultural y literario son Romeo y Julieta. Existen estudios científicos que aseguran que el enamoramiento es un estado de enajenación que dura unos pocos años. Esto nos dice la ciencia, pero a menudo nos lo ha mostrado la experiencia; por ello autores como Shakespeare (Romeo y Julieta) o Fernando de Rojas (Calisto y Melibea en La Celestina), entre otros muchos, dieron final trágico a las historias más intensas de amor que crearon. Ellos sabían que un final feliz implica siempre un descenso paulatino de las pasiones (por hastío, por decaimiento hormonal propio de la edad…), pero que un final trágico cuando más arden los sentimientos podía mitificar a los amantes en la dimensión dramática. Ellos sabían que el amor es fuego, y que después del fuego, que siempre termina por apagarse, solo quedan las brasas; y no hay que despreciar las brasas, porque dan calor, luz e incluso queman si te acercas lo suficiente. Pero el fuego es indómito, no se puede controlar, destruye todo lo que encuentra a su paso y su intensidad es tal que puede llegar a cegarnos: los amigos son menos amigos, nuestros principios dejan de ser tan firmes, los pensamientos anteriores ya no tienen la posición que acostumbraban ocupar en nuestra cabeza y hasta el mismísimo orgullo llega a verse sometido por su abrasión.

Pero también estamos obligados a presentar otra visión, porque así lo exige la ambivalencia humana. Acabamos de definir el amor como un fuego destructor, pero si un frío alienígena de inteligencia superior aterrizase en la Tierra y se detuviera a observarnos, seguramente concluiría que el amor no es más que un recurso, una artimaña intrigada por la naturaleza para que los hombres y las mujeres se emparejen, tengan hijos y perpetúen la especie a lo largo de los siglos. Y entonces el amor sería algo cuya naturaleza se alejaría mucho del calor del fuego. El goce del sexo es un bien necesario, pero el amor, aunque necesario, no sabemos si es un bien o un mal. Lo dejaremos a la interpretación de cada cual.

Puede que el auténtico amor sea aquel que se profesaron Aquiles y Patroclo, sostenido necesariamente por una larga e inquebrantable amistad que impidió su mengua temporal (entre amigos puede llegar a existir lealtad, entre amantes es más frecuente solo la fidelidad; y la primera es un valor más poderoso, que engloba dentro de sí al segundo). Porque el tiempo apaga las pasiones del amor, pero fortalece los lazos de la amistad: ¿significa eso que el equilibro solo es posible cuando amistad y amor son todo uno, como suponemos que les ocurrió a Aquiles y Patroclo? Queremos creer que no. Queremos creer que el amor no depende de la amistad, y que es una sustancia más pura, independiente e inmediatamente distinguible de lo demás.

Aquiles y Patroclo