Atenea Promacos

La ladera del Acrópolis de Atenas donde un día estuvo erigida la estatua de Atenea Promacos es un lugar especial. Cuando uno camina por los senderos adoquinados, contempla las rocas sobresaliendo entre los jardincillos y toca los olivos silvestres de troncos retorcidos, es casi un imperativo sentarse bajo su sombra y dejarse absorber por la atmósfera.
Aquel paisaje tiene algo que estimula el pensamiento. Uno se viene a preguntar por qué la trinidad formada por los filósofos Sócrates, Platón y Aristóteles; los historiadores Jenofonte o Herodoto; los dramaturgos Esquilo, Sófocles y Eurípides o el comediógrafo Aristófanes; el político ateniense Pericles, que gobernó Atenas en la edad dorada de la ciudad; el rey Alejandro Magno y su padre Filipo II; el escultor Fidias (quien esculpió la estatua de Atenea Promacos); los Siete Sabios de Grecia que precedieron a todos los anteriores o el matemático Pitágoras, entre otros muchísimos, florecieron en un mundo tan antiguo (pero no primitivo) y en un espacio de tiempo tan determinado.
Dentro del acrópolis aparece literalmente la virgen. La nuestra, Palas Atenea, quien es la respuesta al enigma del genio griego.
El nacimiento de Atenea
Zeus era una deidad calenturienta; tenía esposa, la diosa Hera, pero ello no le impedía refocilarse con todo lo que se moviera y tuviera una rendija por donde colarse, fueran diosas o simples mortales, fueran mujeres u hombres como Ganimedes. Cierto día Zeus forzó a Metis, personificación de la prudencia. Esta titánide advirtió a modo de profecía al olímpico de que engendraría una hija y después a un hijo que terminaría por suplantarlo. El que amontona las nubes no gustó de este vaticinio, así que engulló a Metis cuando estaba embarazada de Atenea para evitar el nacimiento. Es en este momento cuando irrumpe Hefesto, el herrero olímpico, quien descargó su hacha de doble filo en la cabeza de su padre, lo que le hizo una hendidura de la que brotó la misma Atenea: adulta, pertrechada, temible y profiriendo un grito de guerra que hizo retemblar el cielo y la tierra.
Así vino al mundo la diosa de la sabiduría, las ciencias y la guerra. Pero no la guerra entendida como la brutalidad y la crueldad, el caos y la confusión. Para todo eso la deidad era Ares, a quien Atenea siempre dio sopas con hondas, que diría mi madre. Atenea es diosa de la guerra en cuanto a estrategia y justicia, y no como bruto belicismo.
Los atenienses (la etimología del nombre de la ciudad no es casual) adoraron a Atenea por encima de los demás dioses olímpicos y la consideraron su protectora. Fuera de Atenas, fue a su vez patrona de muchas otras ciudades, y todo el pueblo griego la veneró (con permiso de su padre) más que a ninguna otra deidad del panteón helénico. Este hecho es la respuesta a la pregunta de las líneas superiores.
¿Cómo no iba un pueblo que adora a Atenea, una diosa cuyo valor proverbial es la sabiduría, entregarse a la búsqueda y el cultivo de todo género de conocimiento? Los niños pequeños tratan de parecerse a sus progenitores y hermanos mayores, del mismo modo que los hombres de la antigüedad intentaron imitar a sus héroes y deidades. Niños y hombres tienen la misma pretensión: obtener el favor y la aprobación de sus jerarcas.
La historia es una retahíla de ejemplos. Por las características anteriormente atribuidas, Ares no fue un dios querido por los griegos, pero Esparta y Macedonia constituían excepciones. Son célebres las aptitudes guerreras de los espartanos, en gran parte gracias a la resolución del rey Leónidas y su muerte en el desfiladero de las Termópilas; y también la pericia militar del macedonio Alejandro Magno, devoto de Ares, que llegó a convertirse en uno de los mayores conquistadores de la historia. Salimos de Grecia y nos vamos a Roma, cuyos habitantes consideraban a Marte (homólogo romano de Ares y padre de Rómulo y Remo) una deidad admirativa. Esta inclinación religiosa, fruto de un espíritu mucho más belicoso que el griego, fue clave para el dominio romano que se produjo durante tantos siglos y sobre tantas naciones.
Pero incluso abandonando el mundo grecolatino se da esta circunstancia. Los vikingos eran guerreros temibles. ¿Cómo no iban a serlo? Según sus creencias las valkirias los recogían después de muertos del campo de batalla para llevarlos al Valhalla, donde tenía lugar un banquete sin fin entre héroes y dioses. Su credo favorecía el valor y la combatividad.
Los hombres hacen la religión, y la religión hace a los hombres.
Por eso nos inspira Palas Atenea, diosa de la sabiduría y de la guerra. Porque su condición nos dice que nunca hay que olvidarse de aprender. Y que jamás hay que dejar de luchar.














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