Diógenes el Perro

Antístenes fundó la Escuela Cínica reinterpretando las enseñanzas de su maestro, Sócrates, ideando un estilo de vida que consiste en la total ruptura con las convenciones sociales imperantes. Desprenderse de todo género de bien y abrazar la vida errante eran requisitos indispensables para vivir conforme a la verdad: los dioses habían hecho la vida de los hombres sencilla, pero estos se habían encargado incesantemente de complicarla. La franqueza en la expresión y la indiferencia ante la opinión ajena eran los valores del cínico.

Diógenes: de cachorro a perro

Cierto día un joven se encaminó al gimnasio de Cinosargo, en las afueras de Atenas, donde Antístenes estaba asentado y promulgaba sus enseñanzas. El maestro ya no aceptaba nuevos discípulos; tal fue la insistencia de aquel muchacho que no tuvo más remedio que amenazarlo con su báculo. Sin embargo, el joven, lejos de arredrarse, reaccionó ofreciendo la cabeza, diciendo: «Descárgalo, pues no hallarás leño tan duro que de ti me aparte, mientras tengas algo que enseñarme». Antístenes, curioso y sorprendido por aquella muestra de resolución, quiso saber su nombre. El joven Diógenes se presentó y fue aceptado como discípulo.

El Perro se había visto obligado a exiliarse de su Sinope natal debido a que su padre (y hay que creer que él también), un banquero de nombre Icesio, había sido descubierto fabricando moneda adulterina. Sin patria, familia ni bienes, Diógenes se vio arrastrado a la vagabundería, pero pronto convertiría su desgracia en virtuosa filosofía vital.

La inspiración de Diógenes llegó el día en que observó cómo un ratón correteaba de un rincón a otro, mordisqueando lo que encontraba a su paso, carente de todas las cosas necesarias para vivir regaladamente. La convicción de que este era el camino hacia la verdad y la libertad le otorgaron la determinación que necesitaba. Cuando el sol castigaba en verano, se echaba y rebozaba en la arena caliente como una croqueta; y cuando el frío invernal llegaba a Grecia, se abrazaba a las estatuas cubiertas de nieve, tal era la forma en que Diógenes acostumbraba su cuerpo y su mente al sufrimiento, ante la atónita mirada de los atenienses, que terminaron por tenerlo por loco. Trató incluso de alimentarse de carne cruda, como una alimaña, pero pronto comprobó que su estómago era incapaz de digerirla y tuvo que desistir.

Vestía un palio que también usaba como saco de dormir en sus noches a la intemperie. En su mano llevaba un báculo y colgado del hombro un zurrón. En un principio llevaba consigo un plato, pero al observar a un muchacho comiendo lentejas sobre una rebanada de pan, resolvió deshacerse de él. También hubo un día en que usaba un modesto cuenco para beber agua… hasta que observó a un niño bebiendo de la concavidad de sus manos: sacó el cuenco del zurrón y lo arrojó al suelo entre lamentos: «¡Un muchacho me gana en simplicidad y economía!».

Por supuesto aborrecía el lujo, y como la superfluidad es algo intrínseco en la vida de las personas, no podía evitar detestar a todo el mundo. Una mañana un hombre tuvo la desdichada idea de invitar a Diógenes a su pomposa casa, y aún tuvo la peor ocurrencia de prohibirle escupir en ella. Diógenes, horrorizado por la vacuidad del lugar, se arrancó un sonoro carraspeo y lanzó un salivazo a la cara de su anfitrión, tras lo que declaró: «No había estado nunca en un lugar tan inmundo».

Diógenes y Platón

Diógenes utilizaba su genio para cargar contra todo. A los atletas los recriminaba por competir acoceando y corriendo, y no tratando de ser buenos y honestos; a los matemáticos, por centrar su atención en el sol y en la luna, olvidando lo que tienen a sus pies; los gobernantes eran para él meros ministros de la plebe; las bacanales, grandes maravillas para los necios; incluso describió el amor como la ocupación de los desocupados. A menudo se le veía vagando con un candil buscando hombres honestos: «¡Hombres, hombres!», llamaba entre las calles; pero como acudiesen algunos a su reclamo, presto alzaba el báculo y los espantaba entre maldiciones y amenazas: «¡Hombres he llamado, no heces!».

Platón, acaso la persona más respetada y admirada por la plebe, esa masa gregaria y viciosa que Diógenes tanto detestaba, habría de llevarse también su ración de desabrimiento.

Platón adoctrinaba a sus discípulos en la Academia de Atenas que él mismo fundó a principios del siglo IV a. C. Diógenes sintió curiosidad por el enorme calado que tenían sus enseñanzas, así que visitó el lugar en varias ocasiones. Un día Platón estaba explicando su célebre teoría del mundo sensible, engañoso y carente de autenticidad, y el mundo de las ideas, donde todo es inmutable y real. Fue suficiente. Diógenes interrumpió la explicación levantándose y señalando la mesa, diciendo: «Fíjate, Platón, que veo la mesa y veo la taza, pero no veo en absoluto ni la idea de mesa ni la idea de taza». El de Sinope, sin embargo, comprobó súbito que Platón no era una persona vulgar que fuera a abrumarse por el ingenio y la insolencia de nadie: «Diógenes, eso es porque tienes ojos y ves, pero careces de mente y no piensas».

Esta réplica hubo de sembrar deseos de venganza en nuestro protagonista. Porque el Perro era vengativo… En cierta ocasión, una cuadrilla de maleantes acorralaron a Diógenes y le dieron una paliza que lo dejó malparado. Asumiendo que vindicarse con la misma moneda era improbable, Diógenes tiró de ingenio y escribió los nombres de sus agresores en una tablilla que se colgó y llevó consigo durante días, los suficientes para que en toda la ciudad se supiera lo que le habían hecho y así exponer a sus verdugos a la censura popular. Pero no divaguemos: volvamos con Platón.

Platón formuló una definición del hombre que lo describía como «bípedo implume». La brevedad y precisión hicieron la descripción muy celebrada entre los seguidores platónicos. Mas no fue así para Diógenes. Unos días después, mientras Platón impartía sus lecciones, se abrió la puerta de la escuela e irrumpió un mendigo con un báculo en una mano y un objeto informe y viscoso en la otra, el cual lanzó a los pies de Platón. Se trataba de un gallo desplumado, es decir, un «bípedo implume». El Perro, antes de marcharse dando un portazo, añadió: «Te he traído otro hombre para tu escuela».

Ya fuera por la diferencia de edad (Platón era unos quince años más joven que Diógenes) o por admiración, Platón, pese a lo mencionado, sentía cierto respeto por la figura de Diógenes. Incluso llegó a invitarlo a su casa cuando el Perro le pidió algunos higos secos y un poco de vino. Para Diógenes una vivienda, por humilde que fuera, resultaba superflua, así que al entrar en casa de Platón no pudo sufrir ver bajo sus pies una alfombra: «Piso las vanas diligencias de Platón», declamó. Pero Platón, percibiendo en su huésped afectación, respondió: «¡Cuánto fasto manifiestas, oh Diógenes, queriendo no parecer fastuoso!».

Platón, queriendo hacer muestra de su generosidad y pese a que el de Sinope le había pedido un poco de vino, le entregó un cántaro lleno. Tal vez esperara ser retribuido con un poco de gratitud o no ser vilipendiado tan a menudo; pero si así fue, se engañó. Para Diógenes lo poco y necesario encajaba en el molde de la virtud, mientras que lo mucho resultaba vano e inclinaba al vicio. Al ver el cántaro de vino del que se le hacía entrega, su visaje tornó iracundo y ladró: «Si te preguntaran cuántos hacen dos y dos, ¿responderías que 22? Tú ni das según te piden ni respondes según te preguntan».

Y allí quedó Platón, en sus «vanas diligencias», estupefacto, con su generosidad tan malparada y un cántaro de vino menos en su despensa. En el futuro, cuando fuera preguntado acerca de Diógenes el Cínico, sus experiencias le harían emitir el siguiente juicio: «Es un Sócrates que se ha vuelto loco».

Diógenes logró alargar una vida tan castigada hasta casi los noventa años. No faltan explicaciones inverosímiles para su muerte. La más sonada dice que estaba cansado de vivir y que decidió acabar él mismo con su vida apretando con todas sus energías los dientes y los labios para dejar de respirar. En vida había pedido que sus restos fueran arrojados sin sepultura para que los animales pudieran participar de ellos, o que bien fueran metidos en un hoyo y cubiertos con un poco de tierra para que sus huesos pudieran ser útiles a sus hermanos (los perros). Según cuenta la tradición, el mismo día que Diógenes también falleció Alejandro Magno, conquistador del mundo conocido y rey de reyes, quien sería enterrado dejando a su paso oro y plata en las tierras de Babilonia. Dos personajes tan extraordinariamente opuestos que, precisamente por ello, no dejaron en cierto modo de atraerse… al menos por parte de Alejandro, claro.

«Hubo un tiempo en que yo era cual tú ahora; pero cual yo soy ahora, no serás tú nunca». Diógenes de Sinope.

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