El cristianismo, Nietzsche y Maquiavelo

«Los hombres hacen la religión, y la religión hace a los hombres», decíamos en el artículo Atenea Promacos. Pero antes de abordar el cristianismo, recapitulemos. Ya ejemplificamos esta idea mencionando a los vikingos, un pueblo forjado en unas condiciones ambientales extremas que no conocía la paz, gente alta y poderosa cuya máxima aspiración era morir en combate para que las valkirias descendieran de los cielos y los llevaran al Valhalla. Los atenienses, un reducto de civilización en medio de un mundo antiguo y brutal, adoraron por encima de cualquier deidad a Palas Atenea, diosa de la sabiduría, las artes y la guerra, circunstancia que les permitió retroalimentar su identidad y producir multitud de grandes hombres de provecho en un período de tiempo ridículo.

Hoy compararemos a romanos y cristianos (paganismo y cristianismo), porque en verdad sus religiones son antagónicas y favorecieron distintos modelos de conducta.

Jesús enalteció a los injuriados, a los mansos, a los pobres, a los resignados. Despreció el mundo terrenal y el conocimiento que nos ofrece en beneficio de un reino espiritual, consuelo para todas las personas débiles o desafortunadas que no tenían expectativas de gozo mundano. El sometimiento ineludible del pueblo judío fue lo que impulsó la filosofía de Jesús y el cristianismo.

Nietzsche y el cristianismo

El siguiente extracto de Más allá del bien y del mal (1886), de Friedrich Nietzsche, ilustra perfectamente lo antedicho:

«Los judíos —pueblo “nacido para la esclavitud”, según Tácito y según toda la antigüedad, y “pueblo escogido entre todos los pueblos”, como dicen y creen ellos— han realizado esa prodigiosa inversión de los valores (…). Sus profetas han reducido a un solo significado las palabras “rico”, “ateo”, “malvado”, “violento” y “sensual”, y por primera vez en la historia han convertido el término “mundo” en un término infamante. En esta inversión de valores (que incluye el hecho de que la palabra “pobre” sea sinónimo de “santo” y de “amigo”) radica la importancia del pueblo judío: con él empieza la rebelión de los esclavos en el terreno moral».

Los romanos, que eran quienes ejercían dicho sometimiento sobre ese y otros muchos pueblos, y desde hacía siglos habían sido una nación beligerante, tenían otros dogmas y modelos de virtud. Así pues, quisieron su tradición y folclore que fuera Ares, caótico dios de la guerra, quien violara a la virgen vestal Rea Silvia, descendiente directa de Eneas, hijo de Afrodita y último de los grandes héroes troyanos. De esta unión nacieron Rómulo y Remo, que a su vez serían los padres y fundadores de Roma, la urbe llamada a regir el mundo. Linajes divinos, sangre de héroes, dioses que violan vírgenes, hermanos que se matan entre ellos… Es una historia llena de brutalidad, épica y pasión, y que indudablemente había de marcar con su fuego el corazón de los devotos.

Maquiavelo y el cristianismo

Extracto de Discursos de la primera década de Tito Livio (1531), Libro II, de Nicolás Maquiavelo. Sobre el cristianismo y el paganismo:

«La religión romana, además, no beatificaba más que a hombres llenos de gloria mundana, como los capitanes de los ejércitos o los jefes de las repúblicas. Nuestra religión ha glorificado más a los hombres contemplativos que a los activos. A esto se añade que el cristianismo ha puesto el mayor bien en la humildad, la abyección y el desprecio de las cosas humanas, mientras que la otra lo ponía en la grandeza de ánimo, en la fortaleza corporal y en todas las cosas adecuadas para hacer fuertes a los hombres. Y cuando nuestra religión te pide que tengas fortaleza, no quiere decir que debes ser capaz de hacer un acto de fuerza, sino de soportarlo. Este modo de vivir parece que ha debilitado al mundo, convirtiéndolo en presa de los hombres malvados, los cuales lo pueden manejar con plena seguridad, viendo que la totalidad de los hombres, con tal de ir al paraíso, prefiere soportar sus opresiones que vengarse de ellas».

La obra se publicaría póstumamente, pero no por ello deja de ser admirable la lucidez y la osadía de Maquiavelo para escribir reflexiones como esta acerca del cristianismo, hace más de 500 años.

Hoy en día, un niño devoto puede emocionarse durante el sacramento de la primera comunión: al fin y al cabo, él cree estar recibiendo el cuerpo y la sangre de Cristo, lo que para el creyente supone todo un acontecimiento. Pero ¿qué no sentirían los jóvenes romanos durante la danza pírrica, cuando se iniciaban en su virilidad simulando la victoria tras la guerra, pertrechados y acorazados?

Veamos a este propósito otro extracto de la obra de Maquiavelo:

«Pensando de dónde puede provenir el que en aquella época los hombres fueran más amantes de la libertad que en esta, creo que procede de la misma causa por la que los hombres actuales son menos fuertes: de la diferencia entre nuestra educación y la de los romanos, la cual está fundada en la diversidad de ambas religiones. Pues como nuestra religión muestra la verdad y el camino verdadero, esto hace estimar menos los honores mundanos, mientras que los antiguos, estimándolos mucho y teniéndolos por el sumo bien, eran más arrojados en sus actos. Esto se puede comprobar en muchas instituciones, comenzando en la magnificencia de sus sacrificios y la humildad de los nuestros, cuya pompa es más delicada que magnífica y no implica ningún acto feroz o gallardo. Allí no faltaba ni la pompa ni la magnificencia, y a ellas se añadía el acto del sacrificio, lleno de sangre y de ferocidad, pues se mataban grandes cantidades de animales, y este espectáculo, siendo terrible, modelaba a los hombres a su imagen».

Aunque algunos consideren la veracidad de las religiones improbable, podemos concluir que la calidad de sus valores y modelos de conducta es importante, pues determinan la virtud o la falta de ella de sus devotos. Una religión que valore la fuerza, la audacia o el conocimiento está eximida del pecado de improbabilidad. Pero la que encarece el servilismo, la debilidad y la ignorancia es una pandemia incontrolable, porque establece en la mediocridad de la masa el modelo a imitar, en lugar de ponderar a esos pocos que han sobresalido por su virtud.

Resulta interesante la observación que hizo Nietzsche en su obra Más allá del bien y del mal sobre la evolución de las religiones. Establecía tres grados, a saber: uno primario y antiquísimo, caracterizado por los sacrificios humanos. Los celtas ofrecían a sus dioses las vidas de las mujeres más hermosas o de los guerreros más valientes, los judíos inmolaban a sus primogénitos e incluso los aztecas, más recientemente, también ejercían estas prácticas primitivas. Después llega una época moral, en las que los devotos ya no matan seres humanos, sino que sacrifican sus impulsos naturales: celibato, voto de silencio, abstinencia (el cristianismo estaría en este modelo refinado y superior). De alguna manera, las creencias espirituales siguen un proceso civilizatorio, lógico y casi científico.

Y finalmente, ¿qué queda por sacrificar? El consuelo, la esperanza, la justicia postrera: el ser humano sacrifica al propio Dios, precisamente porque el conocimiento ha ido socavando los altares hasta derribar las estatuas, y ya no hay lugar para los ídolos quiméricos. Y en verdad es así, porque en Occidente ha habido un descenso porcentual de devotos al cristianismo. En este nuevo contexto, los hombres y las mujeres fuertes (Übermensch, el Superhombre) pueden enfrentarse a la posibilidad del vacío sin desfallecer, y dar al sinsentido de la vida un sentido propio, persiguiendo unas ambiciones y unos objetivos determinados para los que necesitarán armarse de cualidades.

La vida es extrema y a menudo el sufrimiento y el placer se entrelazan hasta confundirse; el primero proporciona un tipo de conocimiento que no está en los libros, de modo que puede resultar muy positivo, y el segundo alivia el alma. La persona serena ha de saber soportar el hedor y disfrutar la fragancia, porque la vida es mierda y rosas.

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