¿Por qué he escrito La Compañía Negra?

Ha habido cuatro eventos a lo largo de mi vida que me han llevado a escribir mi primer libro, La Compañía Negra, una novela de fantasía épica.
El primero ocurrió cuando tenía apenas dos años. O eso creo, porque aún no iba al colegio. Una película acaparó toda mi atención y me hizo soltar los muñecos de los Power Rangers. Era una de griegos, un péplum, de las de espada y sandalia. Un héroe moreno, joven y de vientre plano navegaba por el Mediterráneo con una incomparable tripulación en la que se encontraban los mejores atletas y los héroes más valientes de toda Grecia. Peleo, padre de Aquiles el de los pies ligeros, o Hércules, hijo de Zeus que amontona las nubes, fueron algunos de los marineros del Argo, la nave en la que Jasón emprendió la misión de navegar hasta la Cólquida en busca del vellocino de oro. Aunque por entonces yo ignoraba tanto detalle: tan solo me sentí atraído por la estética de las armaduras griegas, la pentecóntera alargada que surcaba aguas desconocidas, las columnas de los templos, la nostalgia que me provocaban aquellos paisajes áridos de las islas mediterráneas y los efectos especiales de Ray Harryhausen. Aquella película había inoculado en mi pequeño cuerpo la pasión por la cultura de los abuelos romanos y sus antecesores griegos.
Una nueva emisión me permitió descubrir a los 17 años que la película era Jasón y los Argonautas (Don Chaffey, 1963).
El segundo acontecimiento ocurrió en la adolescencia más temprana. Acababa de salir en los cines una película, La Comunidad del Anillo. Al parecer era la primera de una serie de tres, basadas en la obra El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien. La encontré bastante entretenida, de modo que me compré la trilogía, El hobbit y El Silmarillion y los devoré todos antes de que saliera Las Dos Torres. Me encantaron. Mi mencionada pasión por la cultura clásica y el descubrimiento de la obra de Tolkien se entrelazaron en mi mente en fascinante coyunda, y la criatura resultante crecía y continuaba creciendo cada día dentro de mi cabeza. Pero sin posibilidad de nacer.
De pequeño era un dibujante sobresaliente (mi padre me llamaba Picassín) y mi profesora de preescolar se admiraba cuando veía mis dibujos, impropios de un niño de tres años por el primor de los trazos y la profusión de detalles. Recuerdo que alguna vez me llevó por las aulas para enseñárselos a otras profesoras. Por tratar de aprovechar este presunto talento, mi madre, que tantas cosas buenas ha hecho por mí, llegó a apuntarme a clases de dibujo. Pero por alguna razón dejé de dibujar repentinamente y mi potencial talento, si es que era tal (nunca lo sabremos), no pudo florecer debido a mi abandono. Sirva esta divagación para explicar que, sin una capacidad de expresión artística, no tenía manera de desarrollar las pajas mentales grecofantásticas que mi lasciva creatividad demandaba. Puede que por ello sufriera tanta neurosis entre la adolescencia y los siguientes años.
El tercer evento (y el que vino a curar mi mutismo artístico) sucedió en mis últimos años como universitario. Fue mientras leía Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas. Me estaba gustando tanto que pensé: «¿Podría yo ser capaz de escribir historias tan sabrosas como esta?». Obviamente la respuesta era no, porque Dumas había sido gordo, francés y genial y yo soy un apuesto español que no sabe abrir un abrefácil, pero pensé que sería una gran idea intentarlo. Y en verdad lo fue, porque hallé en la escritura una forma de liberar y desarrollar ideas, sentimientos, ficciones y otros muchos etcéteras. Decía Cervantes que la pluma es la lengua del alma, y me di cuenta de cuán cierta es esta sentencia, porque cuando escribes la mente discurre por unos cauces muy distintos a los de la introspección o el pensamiento que precede al habla: uno se vuelve más profundo y certero, y su inteligencia y creatividad se liberan.
La Compañía Negra
Ya hemos llegado al último acontecimiento. ¿Aún seguís ahí? Qué persistentes. Uno de los escritores españoles que más me ha marcado es Mariano José de Larra. Por entonces yo tenía 27 años, misma edad con la que él se había suicidado. Aquello me afectó y tuve cierta depresión: a Larra le habían bastado muy pocos años de vida para dejar una huella lo suficientemente profunda para que un joven lo recordara y admirara 200 años después, pero yo aún no había conseguido hacer nada de valor con mi vida. A veces tengo problemas para gestionar la ira, pero creo que entonces lo hice bien: comencé gestiones para irme a vivir a Reino Unido y empecé a definir un mundo literario en mi mente.
Escribí las primeras páginas de La Compañía Negra y los personajes cobraban vida, las tramas se enredaban con acierto y las musas me visitaban en los momentos más delicados. Cuando terminé el quinto capítulo, supe que sería capaz de escribir el libro entero.
Llegó el verano y recibí una llamada: las gestiones habían funcionado y conseguí un trabajo en un hotel del norte de Inglaterra. Tenía que hacer las maletas y largarme al Muro (al de Adriano) para mejorar mi inglés, adquirir mundología y ganar dinero. Fue una gran noticia, pero llegó en el peor momento posible por diversas razones. Aquel agosto fue tan intenso que solo de recordarlo me mareo, sonrío y me vuelvo a marear.
Me fui a Reino Unido el 2 de septiembre. Tuve que aplazar la escritura de La Compañía Negra, dejar todo cuanto quería atrás e irme a vivir a otro país cuya lengua no dominaba. Los comienzos fueron duros. Pero cada día que pasaba aprendía cosas valiosas, conocía a gente interesante y visitaba sitios hermosos. Esto supuso un estímulo poderoso para mi cerebro de escritor en ciernes. Todo era inspirador a mi alrededor, así que utilizaba las noches, tanto en la buhardilla donde me hospedaba como en el mismo hotel donde trabajaba algunos turnos como night porter, para hacer acopio de ideas y pensamientos en dos agendas que me habían regalado para tal fin. En pocas semanas, toda la trama de La Compañía Negra estaba perfectamente detallada en mi mente.
Cinco meses en Inglaterra: comenzaba a desenvolverme con el trabajo y con el idioma. Estaba incluso disfrutando de la experiencia tras la pesadumbre inicial y ya era el camarero más veterano del hotel. Pero decidí volver a España. El libro había madurado en mi cabeza y exigía ser escrito.
Un año, siete días a la semana, doce horas al día: eso me tomó escribir La Compañía Negra. Ni siquiera busqué trabajo durante ese tiempo, porque la escritura era mi más acuciante necesidad. Tenía que demostrarme a mí mismo que era capaz de hacerlo. Solo en ese año mi escritura mejoró diez veces más de lo que lo había hecho en los cinco anteriores, razón por la que tuve que rescribir el libro en cuanto lo terminé: mi prosa y mi estilo habían evolucionado mucho y el capítulo uno y el cincuenta y uno no parecían escritos por la misma persona. Aprendí que no hay que esperar a estar preparado para actuar, porque es la misma acción la que te prepara para completarla.
El resultado fue un libro de 748 páginas, La Compañía Negra: el inicio de una historia que no sé cuantos libros necesitará para ser completada, habida cuenta de las tramas enrevesadas, ideas disparatadas, arcos dramáticos y personajes que pululan por mi mente: ¿cinco novelas? ¿seis? ¿diecinueve? Ni idea.
Lo que sí sé es que necesitaré buena parte de mi vida para escribirla, y nada me satisfaría más ni me daría más fuerza para acometer esta empresa que vuestra presencia al otro lado de las páginas.
Algún día moriré, así que debo aprovechar el tiempo del que voy a disponer. No me voy a detener hasta que sea el mejor, y como es más que probable que nunca lo sea, es más que probable que jamás me detenga. Las utopías no son metas que alcanzar, sino senderos por los que caminar.














Comentarios
Trackbacks & Pingbacks
[…] ¿Por qué he escrito La Compañía Negra? […]