El malote

Mariano José de Larra, una de las más brillantes prosas del romanticismo español, fue retado por retratar a los mediocres en sus escritos; hasta el mismo Francisco de Quevedo (el malote del Siglo de Oro) hubo de batirse en duelo en repetidas ocasiones en las calles de Madrid por dedicar sonetos a los cornudos. Así pues, si tales dos genios sufrieron aquellas contrariedades, que no habremos de pasar los que carecemos de la sutileza de su inteligencia para ejercer las letras. Si hay mediocres en Castro Urdiales, es como preguntar si hay mar; y sobre si hay cornudos, a ustedes qué les voy a contar.

Ciertas experiencias acumuladas a lo largo de los años me movieron a buscar en el diccionario la palabra malote. Reconozco que fue una decepción descubrir que el término no está registrado. Esta es la razón por que he resuelto escribir este artículo petitorio con el fin de que la Real Academia Española enmiende esta falta, incluyendo en su próxima edición el término referido.

Malote (de malo, a su vez del lat. malus): hombre generalmente joven, proclive a las riñas y de carácter desaprensivo y chulesco.

Las definiciones han de ser así, caracterizadas por los principios de claridad, precisión y concisión. Sin embargo, como el asunto que nos ocupa (el de el malote) es complejo y tiene un gran interés social, conviene que nos extendamos un poco en el desarrollo del concepto.

El malote y sus trazas

Hablábamos en la definición de «hombre generalmente joven», y así es, pero todas las naturalezas humanas tienen sus casos de precocidad, y la condición malotesca no es excepción. No es raro, de hecho, ver a infantes galleando entre sus compañeros de pupitre antes de llegar al instituto, e incluso verlos llevándose a la boca un cigarro antes que la hostia de la primera comunión, por no darles sus padres una cuando debieron. Asimismo, los hay que siguen ejerciendo aun frisando los cuarenta, pero son los menos, y su actividad ha quedado reducida a pedir «monedillas» a los jóvenes para realizar llamadas de urgencia desde alguna cabina telefónica —aunque ya no quede ninguna—. El que excepcionalmente alcanza los cuarenta está ya muy achacoso: los ácidos han dejado una profunda impronta en su físico y los golpes recibidos en las peleas a las que tan proclive es han terminado por hacer lo propio en su mollera, disolviendo la poca sal que pudo tener un día. A partir de aquí, el malote alcanza una inevitable y merecida jubilación: aquello importante que tenía que hacer en la vida, ya lo ha hecho. Tienen una corta esperanza de vida y son pocos los que logran alcanzar los cincuenta: como James Dean, viven rápido y mueren jóvenes, aunque lo de dejar un cadáver bonito es ya harina de otro costal. Sirva este párrafo como preludio para la materia, y metámonos ya de lleno en el estudio del malote castizo, al que todos conocemos y con el que de vez en cuando nos toca lidiar los fines de semana, que es cuando el malote saca a relucir toda la magia que lleva dentro.

Su andar es ostentoso y reconocible desde la distancia; se cimbrea con gallardía a un lado y otro y, en el momento en que te cruzas con él, como saludo solo te concederá un displicente movimiento de cabeza: el malote nunca está alegre y así debe anunciarlo su fisonomía. El cigarro en su oreja y la papelina OCB que lame mientras pasea un perro de rostro achatado y agresivo son símbolos inevitables de su carácter desabrido.

La mirada es torva y la utiliza para imponer su jerarquía en los pubs nocturnos. ¡Pobre del que se la sostenga un instante! ¡Desdichado el que siquiera se la cruce! Porque, como dijo aquel, ayer pegó a uno porque lo miró de frente, hoy abofeteó a este porque lo miró de soslayo y mañana zurrará a otro que ni siquiera lo mire. En estos locales es el cacique del lugar, y los señorea con actitud amenazante. Cuanto más pequeño sea el garito, más estirará los codos cuando baile; si baile podemos llamarlo, porque los ácidos de fin de semana han embrutecido su cerebro y la danza es inevitablemente grotesca, con movimientos espasmódicos, intempestivos y acelerados. Si eres recio y grande, puedes perder cuidado; pero ¡ay del que no llegue al metro setenta ni a los sesenta kilos!, porque bastará un toque de hombro que derrame una gota de su combinado de vodka y Red Bull —con el nanogramo de cristal que lleva disuelto— para que el malote, con fiero ademán y mentón alzado, ladre con voz rasposa alguna amenaza o advertencia.

La figura del pijo foráneo suele provocar gran repulsa en nuestro protagonista, y es frecuente que entre sus víctimas abunden jóvenes de este perfil. Podría condescender si es castreño el que le ha importunado —o natural de su misma ciudad, pues aunque en Castro proliferan, no se trata de una especie endémica— y olvidar el altercado; pero como el despistado tenga su origen más allá de Islares o Allendelagua, ni la aparición de una patrulla de la Guardia Civil podrá disuadirlo de la reyerta. Lo que ni la más castreña de las condiciones podría salvar, esto es, lo que no salvaría ni a un castizo de la mismísima calle San Juan, son los conflictos provocados por la veleidad de un tercer elemento que es preciso introducir: la novia del malote. «Es una mujer borracha y antojadiza, y, sobre todo, ciega, y así, no ve lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza». Con estas palabras, que aquí pierden su original sentido metafórico para adquirir uno literal, consuela Sancho Panza a su amo tras una de sus innumerables desdichas. El escudero de don Quijote habla de la fortuna, pero nos ha parecido acertado traer aquí esta cita, que muestra de forma tan diáfana la serenidad cervantina ante las desgracias. Shakespeare, más genial, fue escueto al definir la fortuna en su Hamlet: «Es una ramera». Y vale.

Como pasatiempo, deporte o ritual —no acertamos a encontrar el sustantivo preciso para esta práctica— es común verles por parejas marcándose: se plantan uno frente a otro, bailan como boxeadores puños arriba, se tientan; uno lanza un gancho, el otro amaga con taparse y responde al costado. Todo es juego, una divertida simulación de combate que vale para pasar la tarde. Sin embargo, a menudo ocurre que los humos inhalados en la previa del marcaje han mermado los reflejos del que tendría que bloquear, o minado la capacidad de medición del que entonces ataca; y o el bloqueo del primero no es efectivo, o el puñetazo del segundo lo es en exceso. Y ya está hecha: la comedia convertida en tragedia. Estos espectáculos tienen lugar en parques, en placillas con multitud de bancos alineados y, en general, en zonas verdes y agrestes. El malote se caracteriza por un bucolismo que le mueve a traficar por estos lugares, que a la semana de ser habilitados por el excelentísimo ayuntamiento de nuestra ciudad, ya están llenos de pintadas de rotulador permanente y aromatizados con un permanente olor a incienso.

En una admirable tentativa de crecimiento social y económico, el malote se pluriemplea: es autónomo, y el tráfico y suministro de placas de hachís, bolsas de marihuana, chismes de farlopa y ketamina y otros productos de esta especie constituyen su actividad económica principal. La secundaria, pero no por ello menos importante, es el latrocinio.

Adviertan, señores de la RAE, que tan fecunda es la materia que las dimensiones de esta misiva comienzan a dilatarse más de lo prudente. En cualquier caso, esta extensión y densidad textual no vienen sino a vigorizar nuestra pretensión: persuadiros de la necesidad de incluir en el diccionario el término que hoy titula.

No quisiéramos despedirnos sin antes agradecer la existencia de esta tribu urbana. Si el biólogo estudia con igual pasión los fenómenos vitales del cisne que los del escarabajo, ¿no debe igualmente el curioso que encuentra deleite leyendo a Sienkiewicz, Homero o Stendhal observar, interactuar y estudiar al malote? Y ¿qué es una riña de vez en cuando a cambio de toda la ciencia aprendida? ¿Acaso no es bien recibida una agresioncilla ocasional si es retribuida con tan valiosa experiencia?  Gracias a ti, malote, por brindarnos la posibilidad de generar conocimiento; porque, bien pensado, intercambiar miradas contigo por un instante, rozar tu brazo y derramar tu copa, que tu novia nos hable, nos sonría y hasta nos pida acompañarla a qué sé yo dónde para hacer no quiero acordarme qué, todas estas menudencias, digo, no son sino ocasiones ideales para experimentar y aprender. Por todo esto, tu chica y tú tenéis nuestro respeto y nuestra estima, y os decimos aquella cita del Génesis: «Creced, multiplicaos y poblad la Tierra».

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