El pedo de un electrón

«Que nunca se discuta una proposición el mismo día en que sea presentada, sino que se aplaque hasta la sesión siguiente, para que ninguno diga atropelladamente lo que primero le viniere a los labios y tenga después que buscar argumentos para defenderlo […] llevado de una vergüenza malvada y fuera de lugar, que le haga anteponer la propia reputación al interés del Estado y no dejar translucir que no reflexionó, cuando, si lo hubiera hecho al comenzar, habría hablado con más conocimiento de la cuestión que con ligereza.»
Tomás Moro y Utopía
Este texto fue escrito hace 500 años por Tomás Moro (1478-1535) en su Utopía, obra que describe la isla homónima y ficticia cuya sociedad es ordenada y pacífica. Este extracto habla del correcto proceder en el Senado, muy adecuado para reflexionar sobre la capacidad que tiene nuestro amor propio de extraviar nuestra razón.
Por un lado, la soberbia es comprensible cuando el individuo que incurre en ella es extraordinario y talentoso: son innumerables los casos de genios de carácter arisco y sociopático, debido con toda probabilidad a la aversión que les despertaba la mediocridad humana que los rodeaba. Pero ¡ay!, cuánto cuesta digerir la arrogancia del mediocre.
Cuando alguien advierte durante una discusión que no tenía razón en el momento en que empezó el debate, no suele ser capaz de reconocer el yerro, sino que huye hacia adelante buscando desesperadamente asideros sofísticos que le permitan salvar el amor propio. En ese momento, en el que se percata de su error, debería salir de la trinchera dialéctica y exponerse, en un acto de heroísmo intelectual; entonces vería con perspectiva la refriega y podría decir: «Me equivoqué, lo reconozco, pero ahora soy más sabio». Pero nanay. En su lugar, el contumaz intenta giros demagógicos que le permitan firmar las tablas, y todo por no hacer una concesión de sabiduría al prójimo, porque cree que de hacerlo menguaría la propia, cuando es todo lo contrario.
Es evidente que solo en rarísimas ocasiones logran las personas aprender algo cuando otros les señalan en público sus desaciertos con el dedo. Es mucho más efectivo que los debates, como sostiene Moro, tengan lugar tras mucho pensar sobre las cuestiones a tratar, y así evitar los desaciertos causados por la precipitación de la emisión de la opinión, y que por tanto el orgullo se vea obligado a sostener lo que la inteligencia no alcanzó.
Todos hemos escuchado a numerosos políticos decir lo desolador que es hablar en el Parlamento: allí nadie escucha. «¿Proponen los del otro lado del hemiciclo que hagamos esto? Qué atropello: votemos no. ¿Cómo? ¿Qué ahora proponen hacer aquello? Está bien pensado, pero votemos no: no se apuntarán ese tanto». Así somos. No se ha de interpretar esto como un ataque a la clase política, porque ellos solo son la erupción gangrenada en la piel: nosotros somos la infección que la ha provocado. O tal vez también seamos el matasanos que no hace nada por curarla. Honestamente no lo sabemos.
Todo esto se simplifica en una sentencia sencillísima que todos sabemos cierta, pero que ninguno reconoceremos nunca: «Es más importante la integridad de mi orgullo que la riqueza de mi intelecto». Con el orgullo se da una paradoja terrible: es nuestro peor enemigo, pero nos levantamos en armas cuando nos lo hieren.
La mente tiene la peculiaridad de que cuanto más conocimiento acumula, más fluidez adquiere y cuantos más cauces de pensamiento desarrolla, más potencia otorga a las lentes con las que observa el mundo, de suerte que el estudioso desespera por su pequeñez al lado del ignorante, que se vanagloria ensoberbecido por su grandeza. Esta es la razón por la que debatir con gente menguada, por muy bien que se discurra y exponga, resulta tan monótono como pegar raquetazos a una pelota contra el frontón: ella siempre vuelve hacia ti, con estúpida e imparable indiferencia, por muy hábilmente que la hayas sacudido.
Es en un momento cualquiera, mientras estás leyendo un libro, reflexionando sobre tus problemas o bebiendo el tercer jägermeister cuando te das cuenta de la ironía que supone que seres tan sumamente insignificantes (he aquí la palabra) puedan contener tal cantidad de soberbia. Todo el trabajo de nuestra vida, el impacto emocional que podamos llegar a provocar en nuestro entorno, los amores más apasionados y turbulentos que vivamos, los pequeños o grandes avances sociales o científicos de nuestra era, las guerras más espantosas en las que tal vez luchemos… todo eso, en fin, no es más que un electrón que vibra dentro de un átomo de carbono que se pierde en la inmensidad de un grano de arena sepultado en un desierto tan vasto como un millar de sáharas y hundido en lo más profundo de un océano inabarcable.
Entonces posas con rabia el vaso del chupito sobre la barra, escuchas el cristal golpeando la madera y, justo en el momento en que se detiene la última de Bad Bunny, dices a duras penas, dificultado por una carcajada incontenible: «Somos el pedo de un electrón».
Tus amigos te dicen que estás borracho, y tú, que eres la persona más serena del lugar, ya no puedes dejar de reír.














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